A Jacob no le quedó más que obedecer, sabiendo que su padre no repetía sus advertencias. Sus estallidos de ira se estaban haciendo más frecuentes y empezaba a tener pánico de sí mismo, por lo que estaba completamente seguro de que si llegaba a permanecer en las mazmorras por mucho tiempo su ya frágil cordura se terminaría de desmoronar. Sin embargo, su idea de huir algún día no lo abandonaba, así qué, empezó a guardar dinero en efectivo. No sabía cuándo sería, pero sabía que lo necesitaría el día que tuviera la posibilidad de escapar como tanto anhelaba. La obediencia no levantaría sospechas de nada. A sus manos llegaron figuras públicas conocidas y no tan conocidas, pero importantes. Sus oídos se habían vuelto sordos ante los aullidos de agonía de aquellos hombres, pero no superaba el so

