Siento que estoy soñando.
El aire huele a flores secas y a medicinas. La habitación está bañada por una luz suave, como si el amanecer se hubiera quedado atrapado detrás de las cortinas.
Junto a mi cama está June.
Su rostro luce pálido, los ojos hundidos, y en sus brazos puedo ver moratones viejos, marcas que no deberían estar ahí.
—¿Qué te sucedió? —pregunto con la voz seca, quebrada, pero firme.
—Nada, mi niña —responde ella, esbozando una sonrisa temblorosa. Me ofrece un vaso de agua y me ayuda a incorporarme con cuidado.
El agua es tibia, pero al tocar mis labios siento algo extraño… un eco cálido, como si la vida misma regresara a mi cuerpo.
Cuando levanto la vista para agradecerle, June ya se ha llevado las manos al rostro, sollozando de alivio. Luego, sin decir palabra, sale corriendo de la habitación.
El silencio que queda me oprime el pecho. No sé dónde estoy ni qué me espera tras esa puerta.
Y entonces, la puerta se abre.
El duque James Webster entra con paso lento, medido. Su figura llena el espacio; el cabello oscuro le cae sobre los hombros y un par de lentes descansan sobre su nariz, dándole un aire aún más distante.
—En el tiempo que ha estado tendida en cama, he estado muy preocupado por usted —dice con una voz baja, grave, tan controlada que suena casi ensayada.
—¿Cuánto tiempo ha pasado? —pregunto de inmediato—. ¿Dónde está mi nana? ¿Qué ha ocurrido?
Él desvía la mirada, y su mandíbula se tensa.
—El conde Usher… —sus palabras parecen pesarle—. Encerró y torturó a su nana cuando regresó por usted.
Su voz se oscurece.
—Fue acusado de secuestro y de otros crímenes contra el Imperio, pero… —inhala con dificultad— el emperador decidió exonerarlo por los “servicios” que ha prestado.
Una vena se marca en su frente; sus puños se cierran.
—Aunque sus bienes fueron confiscados, sigue siendo conde.
Siento un escalofrío recorrerme, pero mantengo la compostura.
—Entonces la justicia del Imperio no es más que una ilusión —digo con calma, aunque mi corazón late con fuerza.
Él me observa con un brillo inesperado en la mirada, como si no esperara que le hablara así.
—¿Dónde estoy? —pregunto de nuevo, sin apartarle la vista.
—Antes que nada, cálmese —responde, tomando asiento frente a mí sin acercarse—. Está en mi residencia. Fui yo quien la rescató del conde.
Su tono es neutral, pero cada palabra está cuidadosamente elegida.
—Puede marcharse cuando lo desee —añade—, pero preferiría que se recupere primero. Llamaré a un cura del templo. Ya hubo uno aquí, pero se marchó al no ver cambios.
—Su alteza… —digo, extendiendo una mano para detenerlo cuando intenta irse. Mis dedos rozan su manga, y él se gira, arqueando una ceja ante mi atrevimiento. Retiro la mano al instante.
—¿Hace cuánto tiempo estoy aquí?
El duque se pasa una mano por el rostro. Bajo la luz veo las sombras bajo sus ojos, el cansancio en su expresión.
—Una semana —responde finalmente—. Creí que no despertaría.
Su voz suena extrañamente sincera.
—Entonces… ha velado por mí todo este tiempo —digo despacio.
Él no responde, solo la mira, como si tratara de descifrar algo en su rostro.
—Le agradezco que me salvara —añado, bajando la mirada—, pero no entiendo por qué arriesgaría tanto por mí.
—No lo hice por usted —dice con frialdad—. Lo hice porque no me gusta estar en deuda con nadie.
Sus palabras son un muro, pero no logro sentirme ofendida.
—Entonces le debo una vida, su alteza —susurro.
Él suelta un leve bufido y se vuelve hacia la puerta.
—No lo hice para cobrarle un favor —responde—. Lo hice porque era lo correcto.
Se aleja justo cuando June entra con una bandeja de sopa humeante. La mirada del duque se posa un instante sobre ella: breve, fría, y luego se marcha sin despedirse.
June deja la bandeja sobre la mesa y me ayuda a acomodarme.
—Gracias a los cielos, está viva, señorita —dice con un hilo de voz.
—Ven aquí —le digo suavemente. Ella obedece, pero al inclinarse noto el temblor de sus manos, la forma en que evita mirarme a los ojos.
Algo dentro de mí —una voz, o una intuición— me dice que el dolor que la consume no debería existir.
Siento un impulso, una energía que nace desde el fondo de mi pecho. La reconozco: Astralia.
Sin pensarlo, extiendo una mano y toco su rostro.
June da un respingo, pero no se aparta.
Un calor dorado se propaga desde mis dedos, envolviéndola como un soplo de sol. Su respiración se calma; sus heridas se desvanecen, los moratones se disuelven bajo su piel.
—Mi niña… —susurra con asombro—. ¿Qué está…?
No alcanzo a oír el final. El poder me abandona de golpe, como si alguien me arrancara el aire de los pulmones.
Todo gira.
El mundo se disuelve en un resplandor blanco… y luego, oscuridad.