La carta del conde Usher llegó cuando despuntaba al amanecer, con un sello y una caligrafía apresurada. En cuanto el duque James Webster la leyó, no esperó un segundo más. Montó a caballo y partió de inmediato hacia la mansión del conde.
La puerta fue abierta por una mujer de semblante frío y sonrisa demasiado servicial.
—Soy la señorita Fonti, ama principal de la casa —se presentó con un leve rubor en las mejillas, sin apartar la vista del duque mientras lo guiaba hacia el salón. Cada movimiento suyo parecía calculado para atraer su atención.
James lo notó, pero la ignoró por completo.
El conde apareció minutos después, con el cabello apenas acomodado y una bata de terciopelo.
—Creí que el té se tomaba por la tarde, su alteza —dijo con tono burlón mientras se dejaba caer en un sillón.
—Mi visita no admite espera —replicó el duque con voz firme.
La señorita Fonti volvió al salón con una bandeja. Al inclinarse frente a él, su escote quedó peligrosamente expuesto. James apartó la vista con desdén. Ella, frustrada, se retiró con una expresión de enojo mal disimulado.
—Mi prometida ha dejado de escribirme —dijo James, apoyando los codos en las rodillas—. Su última carta mencionaba que vendría aquí a tomar el té con usted.
—Tomo el té con muchas personas —respondió el conde, sonriendo con desdén.
—No estaría aquí si no supiera que aún se encuentra bajo su techo. Hablo de la señorita Bass. Necesito verla.
El conde se encogió de hombros con una sonrisa torcida.
—Vino a mí por voluntad propia. Dijo que estaba sin dinero… y que había quedado prendada de mí. Me sedujo —fingió suspirar—. No pude resistirme.
El duque entrelazó las manos con calma mortal.
—Entiendo. - Dijo dando un fingido suspiro.- Entonces permítame despedirme de ella.
El conde vaciló, lanzó una mirada hacia la puerta y luego asintió.
—Está… descansando. La noche fue larga. —Rió nerviosamente, fingiendo remordimiento.
—Aun así, insisto —replicó James, poniéndose de pie.
El conde palideció. Giró hacia la puerta y vio a la señorita Fonti espiando.
—Ve por la señorita Bass —ordenó alzando la voz—. Que venga presentable.
Cuando James apartó la mirada, el conde murmuró con desden:
—Dale algo para que no sepa ni quién es.
La aparición de Lizzie
La señorita Fonti se apresuró hacia la habitación de Lizzie. Abrió la puerta con violencia y, sujetándola del cabello, vertió entre sus labios una sustancia verdosa y espesa.
—Más vale que te comportes, o vas a ver cómo te va a ti… y a esa sucia mujer que trajiste contigo —escupió con desprecio.
La dosis fue demasiado alta. Lizzie intentó respirar, pero sus párpados comenzaron a caer como si el mundo se disolviera en sombras.
Minutos después, la señorita Fonti regresó al salón sosteniéndola del brazo, ayudándola a mantenerse en pie. Lizzie apenas podía caminar con un vestido sencillo, demasiado grande en algunas partes. Su piel estaba pálida, sus labios secos y su mirada desenfocada. La señorita Fonti la obligó a inclinarse frente al duque.
James se levantó lentamente. Cada paso suyo aumentaba la tensión en la habitación.
—Querida… —dijo tomando su mano—. ¿Podrías decirme por qué no me escribiste?
No hubo respuesta. Lizzie apenas abrió la boca antes de desmayarse por completo. La señorita Fonti soltó su brazo para no caer con ella, pero el duque fue más rápido: la sostuvo antes de que tocara el suelo.
Al verla de cerca, notó que su respiración era débil, sus labios habían perdido el color y de la comisura asomaba un hilo de líquido verdoso. James rozó la sustancia con el dedo y la probó. Era amarga, densa, extraña. No era veneno… era una medicina prohibida.
Su rostro cambió. Ya no era el duque tranquilo, sino el heredero de una ira ancestral.
—Espero que encuentren una roca lo bastante grande para esconderse —dijo con voz helada—, porque esta ofensa no la perdonaré.
Tomó a Lizzie en brazos y abandonó la mansión sin mirar atrás. Afuera, ordenó a sus hombres arrestar al conde y sellar la propiedad.
Días después
El conde Usher fue apresado y quedo a la espera de ser juzgado por sus crímenes, pero la señorita Fonti logró escapar antes de que las tropas cerraran la mansión.
Lizzie, en tanto, permanecía inconsciente. El médico informó que la dosis de aquella medicina había sido casi letal: de no ser porque el duque la llevó de inmediato y la habían tratado con un nuevo mecanismo eléctrico para revivir su pulso, habría muerto antes del amanecer.
June, milagrosamente viva tras sobrevivir al cautiverio del conde, llegó tambaleante a la habitación de su señora. Tenía el rostro cubierto de moretones, los dedos dislocados, la voz rota de tanto gritar. Sus ojos, hundidos por el dolor, aún guardaban un destello de devoción.
—Mi niña… —susurró entre lágrimas mientras limpiaba su frente con un paño húmedo—. No me dejes sola, por favor…
Desde entonces, Lizzie nunca estuvo sola. El duque pasaba cada noche frente a su habitación, observando en silencio.
Cinco días después, ella aún no despertaba.
Y aunque la justicia había sido servida, el corazón de James ardía con una furia contenida.
El conde Raffielle Usher no se sentía asustado por el juicio, y su cómplice —quien casi asesina a Lizzie— seguía en libertad.
Esto no se sentía como una victoria en absoluto.