Desde que el duque presentó sus acusaciones, el conde Rafielle Usher había caído en desgracia.
Sus privilegios fueron suspendidos, su título reducido a mera sombra y sus bienes, congelados por orden imperial.
Ahora, sin aliados y sin casa, se alojaba en una taberna del distrito norte, acompañado únicamente por la señorita Fonti, quien lo consolaba entre tragos y falsas promesas de venganza.
Ambos sabían que su única posibilidad de redención era el emperador Matthew Preston.
Por eso, aquel día, el conde decidió arriesgarlo todo y presentarse ante el trono para apelar directamente a la justicia imperial.
El Salón del Trono resplandecía con mármoles dorados y tapices bordados con hilos de sol.
Los cortesanos, inmóviles, observaban en silencio al joven emperador, cuya mirada parecía incendiar cuanto tocaba.
A su lado, como siempre, se encontraba la emperatriz Selene Webster, su madre, serena y poderosa.
Aunque el emperador reinaba, todos sabían que ella guiaba las decisiones del Imperio. Su sola presencia era la ley silenciosa de la corte.
Cuando el heraldo anunció al conde Rafielle Usher, un murmullo sutil recorrió la sala.
El hombre entró con la cabeza gacha y las ropas desgastadas, se arrodilló y tocó el suelo con la frente.
—Gran Sol del Imperio, vengo ante vos buscando justicia —dijo con voz temblorosa, pero cargada de rencor—.
El duque James Webster ha robado a mi prometida y la mantiene cautiva en su mansión. Ella… ella me juró fidelidad.
Confío en que su alteza imperial sabrá obrar con justicia ante este ultraje.
El emperador lo observó, con el ceño apenas fruncido.
—¿Tienes pruebas de lo que afirmas?
—Sí, majestad. Una testigo dispuesta a declarar ante usted.
Con un gesto, el conde hizo pasar a la señorita Fonti.
La mujer entró con una reverencia profunda, vestida con un atuendo de seda azul ceniza, ajustado en la cintura y de escote generoso. El brillo sutil del tejido dejaba entrever más de lo que la etiqueta permitía, y su caminar medido despertó susurros entre los cortesanos.
—Su alteza imperial, soy la señorita Fonti —dijo con voz melosa, inclinándose con calculada lentitud—. Serví en la casa del conde y fui testigo de cómo la vizcondesa fue retenida por el duque Webster contra su voluntad.
El emperador la examinó de arriba abajo, con interés apenas disimulado.
—¿Dices que el duque secuestró a una noble? Eso es secuestro, y es una acusación grave.
—Así es, majestad —respondió ella, bajando la mirada con falsa modestia—. Nadie se atreve a hablar contra el duque, pero yo… no puedo permanecer callada ante semejante injusticia.
El emperador sonrió apenas, más por diversión que por convicción.
—Tu valentía es… admirable.
Giró la vista hacia su madre.
—Madre, ¿qué opinas de esto?
La emperatriz Selene apoyó con elegancia los dedos sobre el apoyabrazos del trono. Su mirada recorrió la sala, haciendo que todos bajaran la vista antes de que hablara.
—Las palabras de una sirvienta no bastan para manchar el nombre de un noble —dijo con voz suave, pero firme—. Sin embargo, si su majestad desea escucharla en privado, la corte no intervendrá.
El emperador sonrió de lado, complacido.
—Eso haré.
Ya en su despacho, Matthew Preston cerró la puerta tras ellos y se apoyó contra el escritorio de roble.
La señorita Fonti permaneció de pie frente a él, con la respiración algo agitada.
—¿Por qué vienes aquí a defender a un conde caído? —preguntó el emperador, con voz baja.
Ella alzó la vista, y el brillo de sus ojos fue más osado que cualquier palabra.
—Porque no sirvo a ningún hombre… salvo al que merece ser servido.
El emperador arqueó una ceja, divertido.
—¿Y quién es ese?
Fonti se acercó un paso, dejando que la luz del ventanal se deslizara sobre su escote.
—Usted, mi emperador. —Su voz tembló ligeramente, pero no retrocedió—. Nadie en este imperio brilla más que usted.
—Nada… salvo su protección —añadió en un susurro, inclinándose apenas para que su perfume lo envolviera.
El emperador la observó, y por un instante, el silencio se volvió espeso.
Entonces la sujetó del cuello y la empujó contra el escritorio, sus labios apenas rozando los de ella.
—¿De qué estás hablando? —dijo con tono peligroso.
—Puedo ayudarle —respondió ella entrecortada, sonriendo pese al miedo—.
Conozco secretos sobre el duque Webster… y tengo ojos por toda la ciudad.
Una red de mendigos e informantes, todos leales a quien les dé de comer… o los proteja.
El emperador apretó su agarre.
—¿Y por qué habría de confiar en ti?
Fonti, jadeando, deslizó sus manos sobre el pecho de él con descaro.
—Porque nadie lo comprenderá ni lo servirá como yo, mi señor —susurró con desvergüenza, dejando que su cuerpo hablara por ella.
El emperador sonrió apenas, más tentado de lo que admitiría.
Luego la besó con una mezcla de deseo y furia, sellando en silencio un pacto que ninguno de los dos comprendería del todo.
En el salón del trono, la emperatriz Selene seguía sentada, observando la puerta por donde habían desaparecido.
No dijo nada, pero la tensión en sus dedos era visible sobre el trono dorado.
Cuando el último cortesano abandonó la sala, murmuró apenas:
—El sol se deja guiar por sombras… pronto olvidaré que alguna vez brilló.
El consejero se inclinó, temeroso, mientras ella se levantaba y se alejaba con paso firme.
El eco de su voz quedó flotando en el aire, helado como el filo de una sentencia.