—Debemos irnos —dijo June cuando las llamas comenzaron a rendirse al cansancio de la madera consumida.
El fuego se apagaba, pero el olor a humo se aferraba a la piel como una segunda sombra.
Las cenizas flotaban en el aire con una lentitud insoportable. El hogar de Elizabeth, su infancia, las discusiones a media voz en el despacho de su padre, las manos pacientes de su madre sobre el bordado… todo reducido a un paisaje gris.
Lizzie no lloraba.
Miraba.
Como si esperara que, si observaba lo suficiente, las paredes decidieran reconstruirse por pura obstinación.
June la sostenía del brazo, pero también parecía perdida. Sus movimientos eran torpes, su voz llegaba tarde, como si las palabras necesitaran cruzar un campo de niebla antes de salir.
—Señorita… debemos buscar refugio.
Lizzie asintió sin escuchar realmente.
En los días siguientes, la casa Bass dejó de existir también en otro sentido.
Los acreedores aparecieron antes de que el suelo se enfriara del todo. Documentos, deudas antiguas, inversiones fallidas que su padre había ocultado con orgullo herido. La propiedad ya estaba comprometida. El incendio solo había sido la estocada final.
Elizabeth descubrió que la ruina no empezó con el fuego.
Había comenzado meses atrás, en discusiones que ella fingió no oír. En cartas que su padre quemaba sin explicar. En el silencio tenso durante las cenas.
Ella había querido creer que todo estaba bajo control.
Ahora entendía que la casa se había estado derrumbando por dentro mucho antes de arder.
El entierro fue breve. Austero. Sin flores suficientes.
Lizzie se mantuvo erguida frente a las tumbas recién cerradas, sintiendo que no solo perdía a sus padres, sino la versión de sí misma que había sido protegida por ellos.
June lloraba en silencio, pero incluso su llanto parecía desorientado, como si no supiera bien por dónde empezar.
Esa misma tarde llegó la carta.
Papel grueso. Perfume exagerado. Sello rojo.
El remitente: el conde Rafielle Usher.
Un hombre cuya reputación lo precedía como un perfume demasiado intenso. Rico. Influyente. Amigo del emperador cuando le convenía. Enemigo cuando resultaba útil.
La carta solicitaba una visita para tomar el té.
Lizzie sostuvo el papel más tiempo del necesario.
—No quiero ir —murmuró.
—Quizá… quizá solo quiera ofrecer ayuda —dijo June, aunque ni ella sonaba convencida.
Estaban cansadas. Vulnerables. Sin techo propio. La lógica parecía un lujo distante.
Aceptaron.
La mansión del conde se alzaba intacta, ostentosa, con jardines impecables que parecían burlarse del humo que aún impregnaba el vestido n***o de Lizzie.
Había algo excesivo en todo.
Demasiado oro en los marcos.
Demasiado silencio en los pasillos.
Demasiadas puertas cerradas.
June miró alrededor con una inquietud vaga, pero su mente seguía atrapada en el cementerio. Pasó por alto el detalle de que varios criados evitaban mirarlas a los ojos. Que un carruaje cargado con baúles idénticos a los suyos descansaba discretamente en el patio lateral.
Lizzie tampoco lo vio.
La sala de té era un escenario preparado.
El conde Rafielle Usher se levantó al verlas entrar. Sonreía con la precisión de un actor que ensaya frente al espejo.
A su lado, de pie y ligeramente inclinada hacia él más de lo que la etiqueta permitiría, estaba la señorita Fonti.
No como una simple criada.
Como una presencia demasiado cercana.
La mano del conde descansaba, con descuido estudiado, en la cintura de la joven mientras murmuraba algo que la hizo reír en voz baja.
Solo cuando Lizzie entró, él retiró la mano.
—Señorita Bass —saludó—. Qué tragedia tan… inoportuna.
No dijo lamentable.
Dijo inoportuna.
Lizzie sintió el filo en la elección.
—Lamento su pérdida —añadió, pero sus ojos recorrían su figura con una frialdad evaluadora—. La desgracia suele revelar quién tiene la fortaleza para sobrevivir.
La señorita Fonti bajó la mirada, aunque una sonrisa apenas perceptible curvó sus labios.
Tomaron asiento.
El té era exquisito. Aromático. Costoso.
Innecesario.
—He sabido que la situación financiera de su familia era… precaria —continuó el conde, como quien comenta el clima—. Una lástima que su padre no supiera administrar mejor.
Cada palabra era una caricia envenenada.
Lizzie apretó la taza con fuerza.
—Mi padre hizo lo que creyó correcto.
—Los hombres suelen creer muchas cosas.
El silencio se tensó.
Entonces, sin transición, el conde habló:
—Cásese conmigo.
No fue una petición.
Fue una declaración administrativa.
June dejó escapar una exhalación ahogada.
—Sería lo mejor para usted —prosiguió Usher—. No tiene familia. No tiene propiedad. Su apellido ya no abre puertas. Yo, en cambio, puedo devolverle un lugar en la sociedad.
La miró como se mira un objeto rescatable.
—Ha rechazado a varios pretendientes, lo sé. Admirable capricho. Pero ahora la situación es distinta. Y aunque no soy un sentimental… haré el sacrificio de tomar su mano.
Sacrificio.
La palabra cayó con peso calculado.
La señorita Fonti alzó la vista hacia él. Sus dedos rozaron discretamente la manga del conde. Un gesto íntimo. Posesivo.
Lizzie comprendió entonces.
Ella no era una futura esposa.
Era una adquisición.
—Puede quedarse aquí mientras lo piensa —añadió con suavidad—. He hecho traer sus pertenencias. No sería apropiado que deambulara sin supervisión en su estado actual.
June palideció.
Lizzie sintió un vértigo súbito.
Recordó el carruaje en el patio.
Las puertas cerradas.
La sonrisa de los criados que no sonreían.
Habían entrado voluntariamente en una jaula.
—Eso no fue acordado —dijo, intentando levantarse.
El mundo se inclinó.
El té sabía distinto ahora. Más denso.
La habitación se volvió lejana.
Lo último que vio fue la expresión satisfecha del conde.
Y la mano de la señorita Fonti regresando, sin disimulo esta vez, a la cintura de él.
Cuando despertó, no había oro.
No había porcelana.
Solo paredes grises.
La puerta cerrada.
La ventana bloqueada.
Su espada había desaparecido.
—¿June? —llamó.
Silencio.
Luego, unos pasos suaves al otro lado.
—El conde ha ordenado que permanezca aquí hasta que entre en razón, señorita —dijo la voz de la señorita Fonti.
Ya no sonaba sumisa.
Sonaba dueña.
Lizzie apoyó la frente contra la madera fría.
Había perdido a sus padres.
Había perdido su hogar.
Había perdido su nombre en la sociedad.
Y ahora, comprendía que también había perdido la ilusión de que el mundo aún obedecía reglas.
Esta vez no había fuego.
Pero la sensación era la misma.
Encierro.
Y una desesperación que comenzaba a arder desde dentro.