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1146 Palabras
—Solo quería verte antes de que el día se ponga loco, te traje un detalle, cariño. Quedé algo preocupada desde nuestra última conversación… ¿Quién es esta? —preguntó, finalmente notando a Rosie. La miró de arriba abajo con desprecio disimulado—. ¿La nueva modelo? Aunque no creo. Es totalmente inaceptable para serlo, eso sería —sonrió ampliamente— una burla para la empresa. Rosie sintió una oleada de celos que la golpeó como un puñetazo en el estómago. Esa mujer perfecta, colgando del brazo de Maximus como si le perteneciera. Sus uñas se clavaron en las palmas, pero forzó una sonrisa neutral, ocultando el fuego que ardía por dentro. ¿Celos? De él, el mismo que la había humillado años atrás. Era ridículo, pero real. Dolía imaginarlo con ella, tocándola, susurrándole mentiras. Y no tanto eso, sino la forma en que esa mujer la miraba como si fuera poca cosa, y que Maximus no la presentara, como si le diera vergüenza, como si ni siquiera quisiera hacerla respetar tal cual habían acordado. —Soy Rosie Harper —dijo Rosie con voz firme—. Su futura esposa. Aria parpadeó seguidamente, no podía creer que esa fuera a ser la esposa de Maximus. La caja casi se le resbala de las manos, por lo que empezó a soltar su veneno. —¿Qué? ¿Tú? —rio, pero era un sonido forzado, quebrado—. Maxi, ¿es una broma? ¿Ella fue la que tu abuela aceptó? Una chica que no me llega ni a los talones, que ni siquiera se sabe vestir, peinar ni maquillar. Eso es una vergüenza. Maximus tensó su mandíbula. Después de todo, Aria tenía razón: había aprobado a una mujer que no cumplía sus estándares, que solo había aceptado por capricho y quién sabe por qué más. —No es broma. Mi abuela tiene la última voz hasta que yo tenga mi herencia, eso es todo. Tengo una reunión importante, te buscaré luego. —¡Ay, mi amor! —vuelve a mirar a Rosie con burla—. Pobre de ti, todo lo que tienes que soportar. Pero lo importante es que será a corto plazo. —Mira a Maximus, sabe que está enojado a punto de estallar, así que procedió a decir—: Bien, amor. Llámame después. No olvides que soy yo la que sabe cómo manejarte de verdad, la única mujer de tu vida, la única que te hace feliz y no te limita —susurró lo suficientemente alto para que Rosie escuchara. No lo dudó ni dos veces y lo besó: un beso profundo, con lengua que pasó por los labios de Maxi, el cual no hizo nada, solo la dejó. Antes de salir, le dijo—: Te espero esta noche en mi apartamento —le guiñó un ojo junto a una sonrisa que dejaba ver su perfecta dentadura y luego se marchó contoneándose, dejando un rastro de perfume caro. Rosie se cruzó de brazos, ignorando el calor en sus mejillas. Una humillación más, un desprecio que no pensaba dejar pasar por alto. —¿Tu novia? Qué conveniente. ¿Ella sabe que eres un hombre “obligatoriamente comprometido”? —preguntó con sarcasmo, pero su voz temblaba un poco, traicionando los celos que intentaba enterrar. Maximus se giró hacia ella, acortando la distancia hasta que su aliento rozó su rostro. —¿Celosa, Harper? —gruñó, sus ojos oscuros clavados en los de ella—. Porque si lo estás, bienvenida al infierno. Esto apenas empieza. —Pues no hay nada más que haga, señor Livingston —le aplaudió—. Apenas llevo un solo día, un solo maldito día a tu lado y no me diste mi lugar. —¿¡Qué carajos dices!? —Maxi se sulfuró. —Ella es tu novia, bien. Pero dejaste que pasara por encima de mí y me dijera tales palabras. Te juro que iba a barrer el suelo con ella, pero tenías que ser tú quien pusiera límites. —¡Eso es algo absurdo, Harper! Tú también debes aprender a defenderte. —Sabes qué, es imposible tratar contigo. Pensé que hablaba con un hombre de verdad. —¡Ya sé lo que pasa contigo! —estalló Maximus—. Quiero joderme la puta vida por el pasado. Lo sé todo, Harper. Vives en un puto rencor conmigo. Ya eres una mujer adulta, el pasado debería quedar atrás. Tenías que defenderte si Aria te hizo sentir muy mal… o más bien, no tengo culpa de que te hayas sentido menos mujer. —¿¿Menos mujer?? —Rosie sintió su sangre hervir—. Esa mujer que solo piensa en lo estético, que imagino que no sabe ni multiplicar porque es una tonta que solo sirve para ser llaverito de un hombre. Y sí, ya sabes el pasado, pues perfecto: discúlpate. —¿¡Disculparme!? ¿Por algo que pasó hace años? Eres una resentida, Harper. No pienso hacerlo. —¡Eres un cabeza hueca! —Ella se dio la vuelta para marcharse. —¿A dónde crees que vas? —preguntó Maximus al tomarla del brazo—. Deja de comportarte como una niña. Si el pasado te duele tanto, ¿por qué carajos no lo sueltas? —¿Lo dices tú? —le habló subiendo el tono de voz—. ¿Alguien que vive con resentimiento por la muerte de sus padres? —Maximus sintió su sangre arder al oír eso y la soltó. —¡Jamás vuelvas a mencionar a mis padres! —la señaló—. ¡Tú no sabes nada! ¡¡Solo estás a mi lado porque así lo decidió mi abuela!! Si no, jamás, escucha muy bien, Rosie Harper: jamás estuvieras a mi lado. —Sus palabras la golpearon fuertemente. Ambos heridos por un pasado que los marcó para siempre. Livingston tuvo que salir de su propia oficina. Sintió que iba a perder el control estando junto a ella. Sabía que era hiriente cuando se lo proponía, que podía destruir todo a su paso, pero solo una cosa lo limitaba: que ella era prácticamente la protegida de la patriarca Livingston. Rosie escuchó cuando él cerró la puerta de un portazo y eso le hizo dar un brinco del susto. La tensión fue palpable en menos de un minuto cuando ambos tocaron temas que eran su debilidad. Maximus caminó furioso por el pasillo. No quiso tomar el ascensor; no quería permanecer ni un segundo más con ella. Prefirió salir por la puerta y tomar un poco de aire. —¡Jefe! —Héctor, al verlo, se acercó inmediatamente—. Lo estamos esperando en la sala de juntas… ¿Qué sucede? Maximus, tus manos están temblorosas… No, no pierdas el control. —Héctor colocó su m ano sobre el hombro de Livingston, pero fue rechazado bruscamente.
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