El aire en la habitación parecía cargado de emociones encontradas. Gabriel se quedó de pie junto a la puerta, como si temiera dar un paso más y descubrir que todo era un espejismo. Samuel, sentado junto a la ventana, lo observaba con una mezcla de curiosidad y confusión, como si estuviera intentando conectar las piezas de un rompecabezas olvidado. Ana fue la primera en moverse. Con una suavidad casi maternal, avanzó hacia el joven, quien no apartaba la vista de Gabriel. —Hola, Samuel —dijo con una sonrisa cálida—. Soy Ana, una amiga de tu papá. Samuel asintió lentamente, sus ojos regresando a Gabriel. —¿Papá? —preguntó, como probando la palabra en sus labios. Gabriel sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies. Aquel joven frente a él era su hijo, pero no lo reconocía. Cada fibra

