Capítulo 2:Un hombre en ruinas

1009 Palabras
Pasado algunos días Maximiliano fue dado de alta del hospital, a pesar del tiempo transcurrido seguía sin aceptar ningún tipo de ayuda, ni terapia. Tal cual hizo con Lucia la vez que lo visito, así mismo hizo con la psicóloga, no acepto recibir ninguna ayuda ni terapia. Se encuentra totalmente sumergido en su dolor, un dolor que cada día que pasa se convierte en resentimiento. Habitación del hospital —Señor Fernández, lamentamos que no quisiera aceptar la terapia, estoy seguro de que le ayudaría. Maximiliano ni siquiera se tomaba la molestia de voltear a ver al doctor. Con la vista puesta en el horizonte le pregunto. —¿Me dejarán irme a mi casa? —dijo con voz fría. —Max, sé amable, el doctor solo quiere lo mejor para ti. —Lo mejor para mí sería me dejen irme a mi casa —le replico a su hermana. A pesar de lo mucho que ama a su hermano, a Sofía le pesa la actitud tan déspota que ha tomado, desde que despertó y se dio cuenta de que no podría volver a caminar. —En ese caso le dará gusto enterarse de que ya he firmado los documentos de su alta, aunque sigo pensando la terapia es de suma importancia para usted, no es necesario que siga internado por más tiempo. Después de decir aquellas palabras, el doctor abandono la habitación. Sofía llamó a Alejandro, el mejor amigo de su hermano, para qué le ayudará a vestirse, conociendo a su hermano, estaba convencida de que jamás aceptaría dejar que ella lo vista. En la mansión Después de varios meses en el hospital, Maximiliano por fin se encontraba nuevamente en su casa. Ni bien habían llegado y lo habían dejado en su habitación, pidió a su hermana y a su amigo que se fueran y lo dejarán solo. No quería ver sus ojos llenos de lástima. Si había algo que él detestará era el hecho de que las personas le tengan lástima. Días pasando en soledad El eco de sus propios pensamientos era ensordecedor. Maximiliano pasaba los días atrapado en una rutina de vacío, un ciclo interminable de amaneceres y atardeceres que parecían burlarse de su incapacidad para moverse más allá de los límites de su silla de ruedas. Su casa, que una vez había sido su refugio, se había transformado en una prisión. Cada rincón parecía un recordatorio cruel de lo que había perdido. Las estanterías estaban llenas de libros que ya no quería leer, su colección de arte moderno ya no le provocaba nada, y la terraza, donde solía disfrutar del atardecer con una copa de vino, permanecía intocada. Todo era un reflejo de su estado: estático, roto. Una mañana particularmente gris, mientras la lluvia golpeaba suavemente las ventanas, Sofía entró a la sala con una bandeja de desayuno. Había tomado la costumbre de visitarlo todos los días, a pesar de sus constantes intentos por alejarla. Ella sabía que no podía arreglar lo que estaba roto en su hermano, pero tampoco podía soportar la idea de dejarlo solo en su dolor. —Max, necesitas comer algo —dijo suavemente, dejando la bandeja sobre la mesa frente a él. Él ni siquiera levantó la vista. Sus ojos estaban fijos en el suelo, como si en las vetas de la madera pudiera encontrar las respuestas que buscaba. —No tengo hambre, Sofía. —No has comido nada desde ayer. Esto no te ayuda, Max. —¿Ayudarme a qué? —respondió con un tono áspero—. ¿A sentirme mejor? ¿A fingir que todo está bien cuando no lo está? Sofía suspiró y se sentó frente a él. Su paciencia, aunque infinita, estaba empezando a agotarse. —Maximiliano, no puedes seguir así. Esto no es vivir, esto es... existir. Y tú eres más que esto. Maximiliano finalmente levantó la mirada, sus ojos llenos de rabia y dolor. —¿Más que esto? ¿Cómo, Sofía? Dime, ¿qué soy ahora? Porque todo lo que era, todo lo que tenía, se fue con ese accidente. —Eres mi hermano. Eres un hombre que aún tiene mucho que ofrecer, aunque ahora no lo veas. —La voz de Sofía se quebró ligeramente, pero mantuvo la mirada firme—. Pero no puedo hacer esto por ti. Tienes que querer salir de esto tú mismo. Las palabras quedaron flotando en el aire, pesadas e ineludibles. Luego de decir aquellas palabras, Sofía se fue, por más que ella ame a su hermano, es consciente, que solo él puede tomar la decisión de salir de ese abismo en el que había caído. Luego de que su hermana se hubiera marchado, Maximiliano decidió enfrentar su reflejo. Ruedo lentamente hasta el enorme espejo en el recibidor, el mismo que había usado tantas veces para ajustarse la corbata antes de una reunión importante. Lo que vio lo dejó sin aliento. El hombre que lo miraba no era el que recordaba. Su rostro, una vez enérgico y seguro, estaba ahora surcado por líneas de cansancio. Las ojeras profundas revelaban noches de insomnio, y su barba descuidada parecía la de alguien que había renunciado a todo. Lo que veía no le gustaba, y maldecía a aquel accidente que le había arrebatado todo, por lo que tanto tiempo él luchó. Golpeó con fuerza los brazos de la silla, un gesto de impotencia que solo hizo eco en la sala vacía. —¿Qué te pasó, Max? —murmuró, como si hablar consigo mismo pudiera devolverle alguna respuesta. El reflejo en su espejo no le gustaba para nada. Se despreciaba a sí mismo, despreciaba en el hombre que aquel accidente lo había convertido. Cada día que pasaba su desprecio por su situación actual iban en aumento. Debido al mal genio que la situación la había provocado, poco a poco había provocado que sus seres queridos se fueron alejando cada vez más de él. No por qué no lo quisiera, sino porque no sabían como podían ayudarle, y sentía que su presencia solo provocaba más dolor y sufrimiento en Maximiliano.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR