Todavía no sé como llegué a casa de Álex. Tenía un sueño que me moría y mucha hambre. No hacía sol, pero era de esos días en que dolía mirar al cielo, lo que no ayudaba mucho. Por suerte, llevaba las gafas de sol. Con mucho cansancio, bajé del coche y arrastré los pies hasta la puerta de la gran mansión. Estaba a punto de llamar al timbre cuando la puerta se abrió. -Oh vaya. Que sorpresa-Dijo David. -Hola señor Miller-Saludé muerta de la vergüenza. Era de mala educación hablar con alguien con las gafas puestas, pero prefería eso a que viera la cara que llevaba. Por qué daba miedo. -Pensé que Álex y tú estabais enfadados-Dijo. ¿Es que todo el mundo sabía que estábamos enfadados? -Eh sí, pero ya lo hemos solucionado-Sonreí avergonzada. -Me alegro-Dijo. No sonrió sin embargo sonó sincero

