Shanon Ya en casa, la soledad se me hizo insoportable. El sonido del teléfono rompió el silencio. Al ver quién llamaba, un presentimiento oscuro me recorrió el pecho. Contesté de inmediato. —¿Qué ocurre? —pregunté, tenso. —Señor —dijo Joaquín—. La señorita llegó a su departamento hace un par de horas. Ahora la vemos salir con una mochila. Ha tomado un taxi. No parece ir ningún lugar habitual. Mi corazón se aceleró. —¿Está bien? —pregunté con urgencia. —Sí, señor. No parece en peligro. Solo… parece decidida a irse. Cerré los ojos un instante. Así que huía. No de mí… sino de lo que sentía. —Síganla —ordené—. Solo asegúrense de que esté a salvo. Avísenme de cualquier cosa. Colgué y me pasé la mano por el cabello, desordenándolo sin darme cuenta. Me dejé caer en la cama, con los ojo

