Tres - Parte 2

2783 Palabras
No puedo creer que habiendo un restaurante exclusivo en ese estúpido hotel este mal nacido realmente desee que consiga comida especial para él. Y digo, sí, está en el panel de actividades, pero es ridículamente innecesario. Paso saliva a cada nada, volviendo al asiento para acomodarme y hacer como si nada sucediera. Cross teclea algo en el celular como si nada, y el chofer ni habla. Tiene lentes oscuros y un audífono en la oreja. Se nota que están acostumbrados a servirle al italiano desgraciado y a matar gente. —Massimiliano quiere comida de rey ¿A dónde se supone que vamos? —Señor Benedetti. —Me corrige su sirviente. —Señor Benedetti dos. Por lógica Franchesko es el uno y su bestia domesticada es el dos. Cross apenas voltea, buscando verme de reojo. —Cuide el vocabulario. He cortado lenguas antes por no saber comportarse con y delante del jefe. La amenaza no me acojona, al contrario, me invita a responderle por el simple motivo de que no voy a bajarle la cara a ningún extranjero con complejo de Dios, porque no me da la gana. Aun así, desisto para evitar más confrontación, lo único que deseo es que mi turno como asistente termine. Quiero volver a casa para refugiarme entre los brazos de mi novio que puede curar mis males y calmar todos los miedos que susurran recuerdos a mis oídos. En las anotaciones de la tablet aparecen las diferentes opciones en el menú alimenticio del infeliz con el que tuve la mala suerte de cruzarme, Cross me deja en la esquina del XOXI en el lado norte de la ciudad, un restaurante élite y excesivamente costoso para que retire el almuerzo de su señor jefe. Son las dos de la tarde y me muerdo la parte interna de la mejilla cuando avanzo hasta el interior de las instalaciones. En el ambiente se respira poder, dinero y banalidad, con sus mesas flotantes y luces de colores; no me fijo en las mujeres plásticas que me ven de arriba abajo cuando por mi ropa concluyen que soy la lame bolas de algún ricachón colega suyos. —Buen día —Llamo la atención de la hermosa cajera en una esquina del salón—. Me gustaría ordenar un... Leo la pantalla. Hay muchas opciones con nombres raros; no sé nada sobre platos de gente rica, mucho menos lo que significa "Rosbif o Magret de pato y granada". Me enredo un poco con el aparato que tampoco sé manejar y la mujer nota la indecisión que desfigura mi expresión porque se le escapa una risita que me pone más nerviosa. Estoy quedando como una idiota y odio ser el hazmerreír por ignorante. —Voy a querer un Corvi... Corviño —Trato de leer mejor el nombre, no sé cómo se pronuncia—. Corvi... —Corvina —Corrige medio divertida—. ¿con salsa de chile dulce o... —Con eso mismo, usted ponga todo eso y un... —¿Qué bebe la gente rica para almorzar? ¿agua, vino, gaseosa?—. Un... batido de... Miro una vez más la pantalla de la tablet, no hay nada de bebidas. ¿Qué carajo hago ahora? —Usted póngale a la comida una bebida que combine con un imbécil arrogante y adinerado. Se echa a reír. —¿La factura a nombre de quién? —Massimiliano Benedetti. Sus ojos suben del teclado hasta mí y se acomoda el cuello de la camisa con un repentino calorón que la sofoca sólo a ella, porque yo no siento más que ganas de largarme de aquí. Ni falta hace que cancele —aunque tampoco traigo dinero, y Karla no me dio nada—, me entrega un ticket que guardo en el único bolsillo de la falda, no miro el precio que marca la factura porque seguramente me infartaría con el monto. Espero treinta largos minutos antes de que me entreguen una cajita pequeña de cartón envuelta en papel decorado con el nombre del restaurante y un vaso de vidrio con tapa acrílica. Es decepcionante la porción que a juzgar por el tamaño de la caja debe ser para infantes, pero eso no me interesa porque no es para mí. Afuera Cross y el chofer me esperan, subo con ellos y volvemos al Ikton casi a las tres y media de la tarde. Un recorrido de regreso al Lobby me pone de mal humor, ya estoy cansada de ir y venir como oveja sin cerebro. El camino es diferente esta vez; Cross me da indicaciones y se larga hablando por el celular, la orden es sencilla: entregar la comida y continuar con las tareas asignadas. El estómago me ruje y sé que no probaré bocado hasta que salga de aquí. Me preparo mentalmente para enfrentarme una vez más al intimidante hombre de ojos oscuros. Sigo el camino que ha indicado y subo al ascensor que me deja en medio de una habitación iluminada. No veo a nadie, tampoco consigo bolsos o algo que me indique que hay gente aquí. Dejo la tablet sobre la mesa de centro para evitar que se me caiga con todo lo que llevo encima y me abro paso con la caja de comida por un pasillo sombrío que encuentro a mi mano izquierda, abro la puerta confiada y lo que veo me deja paralizada. Es que ni procesar puedo ya con tanta porquería en el día. Massimiliano está desnudo, fuma un cigarrillo con la vista fija en el ventanal que ofrece una vista maravillosa de la ciudad. Tiene a una mujer arrodillada delante de él con su m*****o en la boca, ninguno de los dos se aparta o avergüenza con mi llegada. Qué asco. Pena me dan ambos. Trato de regresar por donde vine porque definitivamente he llegado en el momento incorrecto. —¿Conseguiste la comida o tampoco sirves para tareas sencillas? Le doy la espalda. —Sí la tengo. —¿Y qué esperas para traerla? Trago saliva, clavando los ojos en mis zapatos. —Se la dejo afuera. —No. Y me congelo. —Creo que llegué en mal momento. Dejaré esto afuera y me iré a continuar con las tareas. No sé lo que sucede detrás de mí pero escucho pasos y cierro los ojos para no ver nada cuando siento que alguien se acerca. Vuelvo a abrirlos con el sonido a mi lado, consiguiendo a la mujer que enseguida reconozco limpiándose la boca con el reverso de la mano mientras se abre paso hasta la salida. Su vestido azul marino y ajustado está en perfecto estado al igual que su peinado extraño. Tiene que ser una broma. Chichí sale dando un portazo después de sonreírme con picardía, y me permito volver a respirar, pero no a voltear. —Ven aquí, niña. Ni me muevo. Contengo la respiración. El silencio es ensordecedor e imagino la mala cara del tipo que recibía sexo oral antes de que yo llegara, bien sea por tan inoportuna aparición o por no obedecer. Doy pasos hacia atrás con la vista fija en el suelo, tratando de darle tiempo para que se vista, pero choco con algo detrás de mí. —Perdón, perdón... Yo... Y vuelvo a callarme cuando Massimiliano me rodea, sigue desnudo y fumando sin quitarme la vista de encima. Ay por Dios. —Señor, vístase, por favor. —Ahora soy señor. Aparto la mirada, no quiero verlo así. —Puedes mirar, después de todo no es primera vez que ves o agarras una v***a ¿O sí? Respiro por la boca con la caja entre las manos, sigo con la vista en las baldosas que se oscurecen con la sombra del italiano que avanza a paso lento. El humo de su cigarrillo se pega contra mi cara cuando lo expulsa con toda la intención de que me lo trague. Me arranca la caja de las manos de mala gana y se da la vuelta. Es mi momento de irme, pero: —¿Quién te dio permiso de largarte? —Vístete primero. —Déjame pensarlo un rato... Eh, no lo creo. Siéntate. Maldición. Obedezco. Tomo asiento en uno de los sofás negros de la esquina, lo más alejada posible; hay un escritorio con papeles en medio del salón que no había visto antes con todo este bochorno, está lleno de papales; una laptop gris y delgada también reposa sobre él. Quiero y deseo distraerme contando las hojas que alcanzo a ver, pero es imposible. —Qué curioso ver que una mujer grosera e irrespetuosa guarde silencio y se comporte sólo cuando ve a un hombre desnudo. Ni respondo, trato de no mirarlo aunque es difícil no posar de vez en cuando la vista sobre su pecho y abdomen trabajado y con una fina capa de vello. Se nota que guarda cuidados y se ejercita. «Eso ni siquiera me importa» Cuento en mi mente dedos imaginarios ya que contar hojas no funciona, hallando por fin una distracción. —Pásale dinero a mi hija. —No toca su comida, la deja sobre el escritorio. Por fin reacciono y salgo disparada de allí con la excusa de buscar la tablet. Vuelvo a respirar con tranquilidad cuando estoy sola, las manos me sudan y no sé si al regresar ya se habrá vestido. Rezo para mis adentros porque sea así, no sé lidiar con hombres, mucho menos si están desnudos y buenos. Afortunadamente cuando vuelvo a entrar el italiano lleva el pantalón del traje que vestía temprano, todavía tiene el tórax descubierto pero es un poco más tolerante. —¿Cuánto le envío? No soy adivina para saber el monto y en el panel tampoco se especifica la cantidad a enviar. —Quinientos mil dólares. Por respeto conmigo misma evito hacer alguna expresión. Pero en mi mente la mandíbula me choca contra los pies. —Te desprendes de quinientos mil dólares pero no de un cochino celular que no rompí intencionalmente. —Pero lo rompiste —Su voz es dura y carente de empatía—. Y no eres mi hija. Ruedo los ojos. Imbécil. —¿Y cómo se supone que haga esto? Nunca he hecho gestiones bancarias y no tengo buena disposición, sólo quiero irme. Despega la vista de su celular, observándome con cara de palo, como si fuera un alíen de ochenta cabezas. Una criatura anormal. Entiendo que la gente adinerada acostumbra a manejar cuentas internacionales, pero yo soy una mortal que apenas ha logrado sujetar trescientos dólares en efectivo cuando mucho. Camina hacia mí, se sienta muy cerca, no puedo respirar bien cuando me arranca la tablet de la mano para que observe como es el procedimiento. Entra a una aplicación descargada en el sistema del dispositivo, busca el nombre de Marbella Given, una vez que pulsa la descripción ingresa el monto y le da a enviar. Un logo de cheak in aparece en la pantalla y me devuelve el aparato de mal humor. Se ve fácil, tendría que intentarlo ahora yo. —Aprende a servir para esto. —Puedes despedirme de una vez, por si no lo sabes no quiero trabajar para ti. Se inclina sobre mí con la respuesta grosera que le doy, me echo hacia atrás enseguida por instinto. Recuerdos de manos tocando lugares que no deben se meten a mi mente y grito cuando se siente real, zapateo en el lugar, negándome a que mi cerebro traiga de regreso aquella escena traumante. Abro los ojos, sudo y respiro muy rápido. Massimiliano me observa, extrañado, serio y con el ceño fruncido. —¿Qué mierda ha sido eso? Me levanto, temblando y buscando si he dejado mis pertenencias en algún lugar cercano. Ni siquiera sé en dónde están mis cosas, yo traía un pequeño bolso cuando llegué aquí. Entro en pánico y mi brazo izquierdo se duerme mientras busco una salida que no consigo. Luego recuerdo que en donde me cambié era una habitación distinta a esta. No sé dónde estoy. —¡Ayuda! ¡Ayúdenme! No parpadeo, tratando de alejar los recuerdos de mí. Temo por mis memorias y lo que ellas provocan en mí. Choco contra las paredes, tanteando cerraduras que no veo, no consigo. Alguien me inmoviliza por detrás y me sacudo con miedo de volver a ese hoyo n***o que me absorbió por años; el cabello se me suelta y atraviesa en la cara. No veo nada. No puedo controlarme y no dejo de llorar, formando un escándalo. Me llevan hacia una habitación en donde la luz se enciende en cuanto entramos, es un baño. Pataleo, gritando más fuerte y pidiendo una ayuda que no llega. «Voy a morir» Y de repente estoy empapada y temblando de frio bajo una regadera, sola. —Tengo a una maldita loca dentro de mi suite, perfecto —Es la voz de Massimiliano que está frente a mí, habla no sé con quien. La puerta de la ducha está abierta, él me ve desde el otro lado—. ¿Alguna vez has sido normal? Boqueo, recibiendo todo el agua que me empapa. No respondo. Se lame la comisura izquierda de la boca y es inevitable no ver su atractivo natural. Apetecible e irresistible con toda esa actitud nefasta. El agua fría me pone a temblar y tiro al suelo la camisa de botones, concentrándome en mi respiración que empieza a normalizarse, consiguiendo una paz repentina que me calma los nervios. Ni me preocupo por quedar en sujetador delante de un desconocido, ahora mismo tengo otras prioridades. Me aparto el cabello de la cara y cierro la llave de la ducha. Me siento mejor. El tipo me da la espalda y sale de allí. Obviamente yo le valgo tres kilos de mierda y no le interesan mis ataques nerviosos, es un alivio cuando me deja sola, cerrando la puerta. Apenas desaparece de mi vista busco en las gavetas del cuartito un paño para quitarme el exceso de agua, dejando la toalla a mi alrededor y así salir. No tengo nada más para usar que esté seco, así que ha llegado el momento de irme a casa. Por fin. Afuera está él, sentado en una silla, fumando otro cigarrillo con su inexpresión habitual, incomodándome. —Recoge tus cosas y lárgate, estás despedida. No me debes una mierda, vete ya. Las palabras queman, ni siendo una empleada sin salario puedo ser normal. Claramente esto es un regalo de Dios, pero no es muy reconfortante saber que no eres rentable como trabajadora aun cuando ni te pagarían. Da directo en el autoestima y ego, no sirvo para nada. —Puedo volver mañana e intentarlo una vez más. No sé por qué digo eso, pero extrañamente no quiero irme así. Es mejor renunciar que ser echada. Así mi jefe sea un mal nacido. El italiano ya se ha vestido por completo, no me ve cuando habla: —Lárgate. —¡No me parece justo! ¡Sólo ha sido un ataque de pánico! ¡Igual al que me dio cuando te abofetee, es involuntario, son crisis nerviosas! ¡Eso es discriminante! —¡ESTO NO ES UN TRABAJO NORMAL, NIÑA ESTÚPIDA! ¡LÁRGATE YA! —¡Eres un maldito imbécil! Y el silencio reina dentro de la habitación. Se levanta como un energúmeno, haciéndome retroceder al verlo tan enojado. Me arrincona contra la pared con las cejas alzadas, no me toca pero mi primer pensamiento es aferrarme a la toalla que me cubre. —Si vuelves a irrespetarme voy a cogerte aquí de pie, y me importa una mierda si quieres o no. Se me seca la boca. Aquella amenaza tan salvaje debería ser un elemento de advertencia para entender que estoy ante un sádico con máscara de empresario, trato de concentrarme en otra cosa que no sea el cosquilleo en la parte baja del vientre que me acalora, pero no me va muy bien con ello ni con cualquier otro pensamiento que intente tener sobre él para no sentir nada con su inquietante desafío. Fijo la vista en sus labios rosados y entre abiertos que me invitan a acercarme más de la cuenta. —Mañana a las nueve de la mañana estaré aquí, lo haré mejor. Él es quien retrocede ahora. —Estás malditamente loca, que te largues. Estás despedida ¿O quieres que te saque con Cross? Me le quedo viendo, altanera. En realidad no me afecta por él, al contrario, es un alivio saber que no tendré que verlo nunca más. Se trata de un reto personal, y saber que soy un asco me invita a querer intentarlo nuevamente. —No hace falta. Y me voy de allí con dignidad y valentía... Y con una toalla cubriendo mis pechos casi desnudos.
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