Subo porque mi novio me abre la puerta, me siento casi obligada a hacer algo que no quiero y que me incomoda; le devuelvo el dinero aunque él se rehúsa a tomarlo. Perdemos tiempo en ello, pero su apuro por la hora que corre lo obliga a aceptar que no me quedaré con los billetes y se va con ellos. Ambos arrancan los vehículos al mismo tiempo. El cinturón de seguridad me asfixia y necesito aire o voy a desmayarme. No veo en dirección al dulce pecado, pero es necesario que rompa el silencio si quiero escapar de esta situación tan pesada. —No tienes que llevarme. Puedes dejarme en la siguiente cuadra. No responde. —En serio déjate de jugarretas, porque no eres su amigo y no tienes que llevarme a ningún lugar. Nada, ni una palabra. —Por favor detén el auto y déjame bajar —exijo. Es en van

