Aquella mañana, Lucas la esperaba en la entrada de la facultad con un ramo de flores.
—Para la mejor estudiante —dijo con una sonrisa impecable.
Lucas Montenegro medía 1.80. Su cabello rubio siempre parecía perfectamente peinado, y sus ojos verdes tenían una profundidad serena que transmitía confianza. La nariz respingada y la mandíbula cuadrada le daban un aire elegante, mientras que su cuerpo sólido, aunque no excesivamente musculoso, reflejaba disciplina. Cuando sonreía, era encantador: esa sonrisa limpia y segura era parte de lo que lo hacía parecer el novio perfecto.
Mateo Bruno, en cambio, imponía desde el primer instante. Con 1.90 de altura, su cabello oscuro y peligrosamente alborotado le daba un aspecto indomable. Sus ojos negros, profundos como la noche, contrastaban con unas cejas tupidas y bien definidas que acentuaban su mirada intensa. La mandíbula cuadrada y los labios carnosos parecían esculpidos, y unas pestañas largas le daban un atractivo inesperado. Cuando sonreía, se le marcaban unos hoyuelos irresistibles, capaces de desarmar incluso al más prevenido. A diferencia de Lucas, Mateo tenía un cuerpo más definido y musculoso, el tipo de presencia que no solo se veía, sino que se sentía.
Fernanda río, agradecida. Todo parecía perfecto, como si su vida estuviera escrita en un guion sin errores. Pero en el fondo, una imagen persistía en su mente: los ojos oscuros de aquel desconocido, la tensión en su voz, raramente no podía sacarlo de su mente, debe ser que se sintió mal por él.
Valeria su mejor amiga notó su distracción. —¿Qué te pasa? Te veo distraída hoy, acaso algún galán te robo la atención jajajaja.
Fernanda dudó un instante antes de responder. —Nada…Son solo los exámenes de la próxima semana y no juegues con esa tonta.
Las horas en la facultad transcurrieron como siempre: clases, apuntes, y chismes normales con Valeria.
Al salir de clase, Valeria insistió en ir a la cafetería del campus. Mientras esperaban su café, un grupo de estudiantes hablaba en voz baja en la mesa de al lado. Fernanda alcanzó a escuchar un nombre que la hizo estremecerse:
—Dicen que Mateo Bruno apareció otra vez en la ciudad… —susurró uno de ellos.
—Ese tipo es peligroso, mata por gusto —respondió otro, bajando la voz aún más.
—Que miedo, no me gustaría toparme con ese mafioso... — respondió otro
Fernanda sintió un escalofrío recorrerle la espalda. El recuerdo del joven herido, de su mirada intensa se mezcló con aquellas palabras. ¿Podría ser el mismo? Nahh, solo estoy pensando demasiado.
—¿Estás bien? —preguntó Valeria, notando cómo Fernanda se quedaba callada y no decía nada a lo que ella le estaba comentando, últimamente la veía extraña este día.
—Sí… solo estoy un poco cansada —respondió, aunque su corazón latía con fuerza.
Vale, volvamos a las clases, ya solo nos queda una, respondió Valeria, Asentí lentamente y le di un último sorbo al café.
La clase trascurrió con normalidad y ya estábamos saliendo de la facultad, cuando Lucas apareció, salió de su auto con las manos en los bolsillos para llevarme, se miraba tan apuesto…me despedí de Valeria, salude a Lucas y subí al auto.
Una vez dentro Lucas me pregunto que como iban las clases, le conté de mi día, los chismes de Val y que estaba ansiosa y muy feliz, ya que casi estaba en fecha de graduación.
—¿Solo eso hiciste hoy? —preguntó Lucas mientras conducía.
Lo miré algo extrañada, será que se dio cuenta del tipo que ayude pensé.
—Bueno… en la mañana, antes de verte, me encontré con un tipo. Estaba herido en el brazo y en la cara, así que le di mi pañuelo para ayudarle con su herida del brazo que era la más profunda. Pero por más que lo miraba se me hizo raro, nunca lo había visto, no al menos que yo recuerde. Pero eso no me impidió ayudarlo tú sabes que siempre ayudo a quien lo necesita.
Lucas sonrió con ternura. —Claro que lo sé, mi vida. Eres bondadosa y de buen corazón, y eso es una de las cosas que más amo de ti. Demasiado gentil, pero que raro que no lo conociste, quizás solo estaba huyendo de alguien que le dio una paliza.
Me sonrojé al escuchar sus halagos y él avanzó con el auto. Al llegar a mi casa, me despedí con un beso en los labios. —Nos vemos el lunes. Mañana voy a salir con Valeria.
Lucas asintió y bajé del auto. Vivía sola, mis padres estaban en otro distrito; me mudé mayormente por la universidad, pero los extrañaba mucho. Al menos dos veces por semana los llamaba para asegurarme de que estuvieran bien. Esa tarde decidí hacerles una videollamada rápida. Dos timbrazos y mi madre contestó.
—Hola, mi princesa, ya te extrañábamos. ¿Cómo vas?
—Hola, mami. Estoy bien, y sí, los extraño demasiado. ¿Y papi?
—Está en la cocina, ya viene. Cuéntame, ¿cómo vas con la universidad… y con Lucas? Hace rato que no los veo.
—Con la uni voy excelente, madre. Y Lucas también, me trata muy bien, me siento feliz con él.
—Qué bueno, hija. Nos alegra saber que estás bien. Lo que más deseamos es que sigas tu carrera y que tengas una vida plena.
En ese momento apareció papá detrás de ella, con un delantal manchado de salsa.
—¡Hola, mi niña! —dijo sonriendo—. Cuídate mucho, últimamente la ciudad anda movida.
—Los amo, cuídense ustedes también.
—Nosotros también te amamos, hija.
No podía evitar pensar en lo que mamá había dicho, pero lo aparté con rapidez. Todavía no era momento de matrimonio… primero debía concentrarme en mi carrera.
Me cambié a una ropa más cómoda y fui a la cocina a preparar una sopa de pollo. El aroma cálido llenó el pequeño apartamento, dándome una sensación de calma. Con el plato entre las manos, me acomodé frente al televisor y puse una película romántica.
Todo parecía normal, hasta que la imagen del hombre que había ayudado volvió a mi mente. No era solo su aspecto desaliñado… había algo en su mirada, una mezcla de vulnerabilidad y oscuridad, que me estremecía.
Sacudí la cabeza con fuerza. Estoy exagerando. Pero incluso mientras apagaba el televisor y me dirigía a la cama, la sensación persistía, como si su sombra se hubiera quedado conmigo.