CAPÍTULO 6:

1251 Palabras
Luego de pasar cuatro horas en una tienda de ropa, probarse diecisiete vestidos, y comprarse solo seis de ellos.  Gia se encontraba agotada, había extrañado hacerlo. El tiempo que estuvo en América se dio cuenta que su vida era perfecta. Así quería que continuara. Por eso decidió estrenar una de las prendas, en ese mismo momento.  Un vestido cóctel de corte clásico, con tiros gruesos. De color celeste, lo más llamativo de la prenda era el estampado de flores en tonos oscuros que tenía en la falda. Solo existía uno con ese diseño, ya que fue pintado a mano. Eso era lo que lo hacía especial.     Estaba en el auto de su amiga, cuando su teléfono celular comenzó a sonar en su bolso. Rebuscó a tientas, y sin querer activó la llamada.  —¿Gia?  Al escuchar aquella voz, su rostro palideció.  —Sí, soy yo. ¿Qué sucede? —Te estoy llamando, porque quiero saber qué es lo que vamos hacer ahora. Control de estudios está investigando lo que pasó.  —Shuuu cálmate, no pasará nada.  —¿Estás segura de eso? —La voz al otro lado del aparato, se escuchaba muy preocupada. —¡Por supuesto que sí! Lo peor de todo eso cayó sobre mí, y yo… he vuelto a casa… Dijo Gia con cierto pesar, pero que por alguna razón absurda no se arrepentía.  —No sabes cuanto lo siento… que por mi culpa… tú… —Considera esto, como mi mejor acción del año. Por eso en navidad, Babbo Natale me va a traer un buen regalo —soltó una risita, pero era completamente falsa.  —Está bien, Gia. No sabes cuanto agradezco lo que hiciste por mí.  —Ehm… no es nada… —miró a Beatrice y a Constanza que la miraban un poco extrañadas—. Pero solo vuelve a llamarme si es estrictamente necesario.   —No te preocupes, así lo haré.  La llamada finalizó.  Beatrice la miró fijamente, como esperando a que ella le dijera alguna cosa. Pero Gia no hizo caso, era mejor no contar nada por el momento. Al menos eso pensaba hasta que pudiera sin vergüenza decir lo sucedido a su abuelo. Su sueño de vivir en la gran manzana se cumplió, lastima que solo fue por tres meses. —Vamos a comer algo —propuso Constanza al darse cuenta que Gia no iba a decir nada, sobre la llamada telefónica.  —Me parece muy bien, tengo algo de hambre —intervino Beatrice. —Entonces iremos a comer al restaurante del Nonno —les sonrió—. También me muero de hambre.  No pasaron quince minutos cuando ellas ya estaban en el estacionamiento de Dolce Fontana. Gia parpadeó pues, lo notó diferente. La fachada había sido completamente remodelada. Todo en escasos tres meses, en ese momento se sintió como si estuviera pintada en la pared. Por fracciones de segundos su mente corrió a cuando era una niña, y entraba a la del restaurante después que su madre iba a buscarla al colegio. Ahí siempre estaba la Nonna María, esperándola con una sopa ribollita. Sacudió la cabeza y encogió los hombros, se dijo a sí misma que no importaba. Si su abuelo había remodelado parte de la casa porque no podía con los recuerdos, que lo hiciera en el negocio de la familia. No debería  ni siquiera sorprenderle.  Entró al lugar como lo que era, la princesa Gia. El maître la reconoció enseguida, pues tenía más de cinco años trabajando en el lugar. —Señorita Gia —el hombre  de unos cuarenta años la saludó con total educación—. Un gusto tenerla por aquí.  Les dirigió hasta una de las mesas con una joven de una edad contemporanea con ellas, y agregó mientras les entregaba los menús: —Les asignaré la tarde de hoy a Renata, podrán pedirle cualquier cosa. Ella se encargará de todo. Gia solo hizo un mohín, y sus amigas solo le dieron las gracias antes de que él se retirara.  —Quiero una botella de Bolgheri-Sassicaia —enarcó una ceja. —De acuerdo, señorita. ¿Desea algo más? —de manera amable Renate se dirigió a ella.  —No, por ahora. Aunque solo espero que traigas la botella con la temperatura justa.  La chica solo asintió y se retiró en silencio.  —De pronto te has puesto de mal humor, Gia —comentó Beatrice. —Por supuesto que sí, el Nonno esperó a que me fuera para hacer cambios importantes.  —Bueno no es que estés pendiente de eso —le recordó Constanza.  —De igual manera pudo haberme dicho. Hablaba con él cuatro veces a la semana.  No entendía el por qué sentía que su abuelo la había desplazado. En ese momento se acercó a la mesa Renata con un carrito,  con una bandeja de quesos, la hielera y dentro la botella con las respectivas copas.   La chica maniobró de manera experta y descorchó la botella. El respectivo plop hizo eco en el lugar. Sirvió la mesa y las respectivas copas, inmediatamente se retiró.  —¡Hasta el personal es diferente! —se quejó Gia—.  —Sí, pues se nota que es toda una experta —dijo Constanza. —Pero no veo cuál es el problema aquí. El restaurante de tu familia está evolucionando. No puedes pretender que todo se quede igual que en el pasado —concluyó Beatrice dando un trago a la bebida.   Gia en ese momento le dio la razón a su amiga. Al final de cuentas, el negocio tenía que prosperar a como diera lugar. En un abrir y cerrar de ojos se terminaron la primera botella. Ella estaba muy risueña, contándole a sus amigas de manera burlona, como los hijos de italianos hablaban el idioma en Nueva York. Que según sus propias palabras era un sacrilegio para su idioma. El tiempo transcurrió en un abrir y cerrar los ojos. Una tercera botella iba a ser descorchada, cuando Gia quiso intervenir. El vino tinto ya había hecho efecto en ella.  —Dame eso, chica —de mala manera le quitó la botella de las mano a la chica. Por mala casualidad del destino, Gia movió la mano, y una de las copas se cayó sobre la mesa. Derramando el líquido oscuro sobre su vestido nuevo. Todo pasó en cámara lenta.  —¡¿Viste lo que has hecho?! —exclamó indignada Gia, cómo si la chica hubiera tenido la culpa.  —Disculpe, señorita… pero yo… —Tu nada… ¿sabes cuánto cuesta este vestido? —Ni juntando tu pobre sueldo y las propinas de un año, podrías comprarlo —espetó. Los comensales, le estaban mirando. Los murmullos no paraban detrás de su espalda. En eso se acercó casi que corriendo el señor Justino, gerente del restaurante y que la conocía desde que era una niña. —¿Qué pasa Gia? —Esta estupida, a dañado mi vestido —señaló a Renata.  La pobre chica estaba pálida.  —Yo no hice nada, señor. Si usted quiere puede verificar las cámaras de seguridad —Renata se defendió.  Gia dio un paso amenazante hacia ella. —¿Estás queriendo decir que yo estoy mintiendo?  —No, señorita. Solo estoy demostrando un hecho. Porque usted sabe muy bien que yo no hice nada.  —Retírate, Renata. Yo resolveré esto —Justino le dijo de manera tranquila.  —¡Yo no quiero que resuelvas nada! —gritó— ¡Quiero que la echen inmediatamente!
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