CAPÍTULO 4:

1163 Palabras
 Estaba un poco desorientada cuando abrió los ojos esa mañana. Hasta que recordó que estaba en casa, y la alegría se coló en su corazón. Se frotó los ojos y se estiró, en ese momento sonó su teléfono celular. Miró el identificador de llamadas y era Beatrice, otra compañera del colegio.  —¡Buenos días! —le saludó carismática su amiga.  —Hola —le respondió Gia con la voz un poco pastosa del sueño. —Constanza y yo tenemos planificado un día de chicas. Quise llamarte para invitarte, ¿te apuntas? —Eh… pues claro… solo dime a qué hora y en dónde. —No te preocupes, pasaremos por ti en dos horas. —De acuerdo, trataré de estar lista —manifestó levantándose rápidamente de la cama, y terminó la llamada.  Algunas de sus maletas todavía estaban en un rincón de la habitación, pero estaba segura que lo básico estaba ya acomodado entre el armario y los gaveteros. Se  fue a la ducha sin pensarlo dos veces. A pesar de que no le había dicho a su abuelo lo sucedido en la universidad, sentía calma y regocijo de estar en casa. Por eso iba actuar como si nada de aquello hubiera pasado. Salió de su habitación, vestida para la ocasión. Pues sabía lo que significaba un día de chicas con sus amigas. Centro comerciales, visita al más lujoso spa de la ciudad y todo cargado a su tarjeta de crédito.    Bajó a desayunar y se encontró a Enzo sentado en el pequeño comedor que había en el jardín, leyendo la prensa local. Anteriormente lo hacía en la cocina. Al parecer, también las costumbres habían sido cambiadas durante su ausencia. Se disgustó un poco.  —Buenos días, Nonno —saludó, dándole un beso. —Pensé que te despertarías más tarde, por todo eso del cambio de horario. Ella se sirvió un vaso de jugo de naranja, bebió un trago y dijo: —Eso pensaba, pero Constanza y Beatrice planearon para hoy un día de chicas. Miró a su abuelo, y negó con la cabeza. Tomó una tostada y la untó con la mermelada, le dio probada y le informó: —Me iré con ellas todo el día, Nonno.  —Yo quiero que estés en casa para la cena. —¿Por qué? —preguntó dudosa. —Invité a cenar a mi nuevo socio, y quiero que estés presente. Es hora de que te vayas empapando de cómo funcionan los negocios de la familia.  Gía casi escupe la comida, era obvio que su abuelo se estaba refiriendo a sus estudios universitarios. Enzo le alcanzó rápidamente el vaso con jugo de naranja y le dio unas palmaditas en la espalda. —Nonno, creo que aún es muy rápido para eso. ¿No crees? —¡Claro que no, Gia! Yo a tu edad ya estaba con María.  «Piensa, rápido. Como salir de este embrollo», pensó Gia. —Nonno, no sé si pueda estar a tiempo para la cena de esta noche. Ya sabes como son las chicas y… Se estaba levantando de la silla, cuando Enzo la interrumpió.  —Es hora de que madures Gia, yo no estaré aquí para siempre —le recordó. Ella sintió una punzada en el pecho, porque en el fondo él tenía razón.  —Eso no será ahora… Se escuchó el toque de una bocina, justo a tiempo. —Nos vemos, Nonno… Te amo… —salió disparada.  Al llegar hasta el auto de su amiga, se subió rápidamente.  —Yo quería saludar al Nonno, Gia —se quejó Beatrice. —No, otro día lo harás —dijo ella como si no fuera importante, miró a Constanza y le dijo:— ¿Qué esperas?, vámonos ya.  La chica hizo lo que ella le pidió, y se desplazaron por las calles de la ciudad en su pequeño Fiat 500 Barbie de color n***o. A los veinte minutos ya estaban en el estacionamiento del centro comercial más grande, por supuesto más exclusivo.  —Recuerda que el día de hoy es para ponernos al día —le recordó Constanza mientras que se bajaban del vehículo.  —Por supuesto, ustedes deben contarme todos los chismes de la ciudad —Gia soltó una risita. Pasaron por una tienda de zapatos, y enseguida ella se enamoró de unos color mostaza. También hizo que sus amigas compraran, pero obviamente según su gusto. Después de pasar más de dos horas dentro de la tienda, y de comprar más de seis pares. Gia decidió que era hora de irse del lugar.  —Creo que a todos estos zapatos les faltan algunos vestidos —manifestó como si nada a sus amigas.  —¡Sí! —gritaron sus amigas al unísono. En seguida entraron a su tienda favorita, Beatrice no pudo evitar preguntarle: —Gía… ¿Qué tal es vivir en América? Ella no quería decirles que era el peor error que había cometido en su vida. Sin embargo; les contestó: —Es simplemente diferente. En Nueva York nadie está pendiente de nadie, vive su vida como mejor le parece.  —Entonces prefiero quedarme en Palermo e ir solamente de vacaciones a Disneyland inquirió Constanza, y todas se echaron a reír.  Una de las vendedoras se acercó a ella, de manera muy cordial le mostró dos vestidos. Uno color rosa y otro color turquesa. Gia al verlo le dijo en mal tono. —¿Esos? —se acercó y miró detenidamente las piezas—. ¿Acaso me veo tan gorda? —No, señorita. Para nada está usted con sobrepeso —la dependienta de la tienda, fue muy cuidadosa de no incomodarla.  —¿Entonces? Me has traído una talla más —le hizo gesto con la cabeza—. Además, estos modelos son ya antiguos. Tráeme algo que valga la pena.   —Como usted ordene —la chica inclinó apenada la cabeza, y salió disparada. Como si ella hubiese tenido la culpa de que a Gia no le hubiesen gustado los vestidos.  —Se me había olvidado, el mal servicio que hay en esta ciudad —replicó Gia con fastidio.  Sus amigas se miraron las caras, y pusieron los ojos en blancos. Ya estaban acostumbradas a ese tipo de berrinches de Gia, pero no dijeron nada.  —Es hora de decirnos, Gia.... ¿Dejaste a algún neoyorquino suspirando por ti? —Beatrice quiso saber, le dio una sonrisa, y batió sus pestañas. Ella dio un suspiro. —Lo cierto es que no. No hubo nadie que llamara mi atención.  —¡¿No puedo creerlo Gia?! —exclamó Beatrice. —¡¿Nos estás haciendo creer que no tuviste sexo?! — A Constanza no le importó en dónde estaban. —¡Por Dios! —se quejó Gia— ¡Bajen la voz! —Es que eso no puede ser cierto —continuó Beatrice. —Créanme… los neoyorquinos viven tan apresurados… que solo les gusta un rapidito —le contestó Gia para que dejaran de agobiarla,  y todas se echaron a reír.
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