Sentía como mi sangre empezaba a hervir cada vez con más intensidad, mi corazón latía tan fuerte que sentía que estallaría, y la ira que recorría todo mi cuerpo era más de la que podía controlar. ¡Miserable! ¡Escoria! ¡Un maldito loco! ¡Un ser repulsivo! No habían más formas de describir al hombre frente a mi. Con paso firme me acerqué a Héctor y el sonido que hizo mi puño al impactar en su cara, resonó en nuestro entorno. —¡TÚ LA MATASTE! ¡FUE TÚ CULPA! —le grité llena de indignación y furia. Intenté golpearlo nuevamente pero Héctor me agarró de las muñecas deteniéndome y me miró como un loco. —¡Yo no la maté! Quién debía morir era tu padre maldito no ella —replicó. Apreté la mandíbula y lo miré aún con más odio. —¡Tú la mataste, lo aceptes o no, fue tú culpa! —exclamé. Héctor fru

