Raegan Waldorf Le doy la vuelta a la manzana, y entro al parque acomodando la capucha de mi suéter. Mis pulsaciones van rápido en cuanto apresuro mis pasos, estoy sudando a borbotones y miro el reloj en mi muñeca que me indica cuántos kilómetros he corrido y cómo va mi ritmo cardiaco. Alzo mi vista deteniéndome para tomar aliento y pestañeo al recordar todo lo que sucedió ayer. El cómo Milenka me volvió a rectificar que no hay nadie como ella, ya que, hasta en su modo arpía me hace querer besar sus pies. Es una Diosa explosiva con la ternura de una ratoncita escurridiza. Boto el aire de mis pulmones y me doy la vuelta para terminar mi recorrido. En cuanto lo hago me interrumpo al ver una cabellera cobriza ondeándose en el aire. Kendra aparece mirándome con nostalgia. Lleva ojeras malvas

