—Bueno, yo siento lo mismo, Oliver. No tienes derecho a decirme qué debo hacer —respondió Maya con el mismo tono desafiante. Oliver entrecerró los ojos, sus cejas casi tocándose. No podía creerlo. Maya no solo le estaba respondiendo con firmeza, sino que no mostraba ni un ápice de miedo. Esa mirada determinada… la había visto antes. Era la misma que tenía cuando, en Canadá, declaró que no se casaría con ninguno de los gemelos, sino solo con él. Ambos se quedaron en silencio, observándose el uno al otro. Ninguno quería ceder. Un taxi se detuvo frente a ellos, pero Oliver ni siquiera lo miró. Sin pensarlo, tomó a Maya del brazo y la llevó hacia su coche, que estaba aparcado cerca. No iba a dejarla sola en ese bar. Si su discusión continuaba en plena calle, no sabía qué

