Antes de que oscureciera y acompañados de los trabajadores, armando y yo recorrimos las tierras a caballo. Él montaba bien, yo lo hacía sola desde que tenía 5 años. No mencionó a Basco durante la comida, no en nuestra cabalgata. Admiraba lo que veía y me hacía reír con cualquier cosa divertida que decía. No hacía falta que mencionara a Basco. Él estaba ahí, metido en mitad de mi pecho, ahí ahogándome, dejando apenas un espacio para aire y latidos. Su idea de mí no era muy alentadora pero era lo que le había tocado conocer. Armando me pidió pensar que era lo que me haría quedar más en paz y después sacó a relucir el tema de las escuelas de Sebastián y Daniela. –Tu solo decide lo que te haga más feliz–Me dijo cuándo bajábamos de los caballos frente a la casa. Otra vez tomó mi codo pero

