Bajamos al mismo tiempo de la camioneta. Mis pasos firmes sobre la tierra sin perder de vista tanto las tierras, como la compañía. Me adelanté cuando vi a cinco hombres de la hacienda acercarse a la camioneta. –Señorita Esther. –Ellos sintieron el mismo impulso que yo y cada uno me abrazó. –¡Qué feliz e hacer verlos, no sabía que estaban todavía aquí! Los miré a todos con devoción, seguía lloviendo tenuemente y hasta dejaba que mis lágrimas bajaran. –Todo Lezama sabe que viene, os alegramos mucho porque la última vez…–Uno miró al otro. –Lo sé, lo sé. –Les toqué el hombro al que hablaba. –¿José, no? –Asintió. –¿Pudieran guiarnos por la hacienda? –Miró a mis acompañantes. –Sí. ¿No quiere entrar a la casa antes para que se refresque? Voltee para verla, parecía un sueño. –¿Hay personas

