Oscuridad

785 Palabras
—¿Por qué siempre apareces así? ¡Pareces un fantasma! —¿Por qué tan asustada? ¿Qué hacías? —Nada malo, solo organizando este lugar — le puse el zapato encima a la figura, ocultándolo de ella. Luego de esa pesadilla, ahora confío menos en ella. Tal vez era una advertencia de que esta mujer es una víbora. —Has estado muy aislada. ¿Sucede algo? —Todo está bien. Gracias por tu preocupación. —Me estás evadiendo. Es como si estuvieras creando una barrera entre las dos. Pensé que nos habíamos acercado lo suficiente. —¿Acercado? — esa pesadilla volvió a mí mente, y no sé por qué toda mi piel se erizó. —Sí— sus ojos me siguieron, a medida que retrocedía—. No puedes huirle al destino, pequeña — su repentino acercamiento fue más de lo que pude soportar; sus labios quedaron a solo centímetros de los míos y nuestros ojos se encontraron, me robó hasta el aliento con solo una mirada. ¿Por qué me mira de esa forma? No puedo descifrarla. ¿Qué es lo que quiere? —¿Estás esperando un beso? —¿Cómo te atreves? — la empujé lejos de mí, con la sensación de que un calor se esparció por todo mi rostro. —Eres muy obvia. Dejaste tus labios entreabiertos, hasta los humedeciste con tu lengua, como si quisieras que te bese. —¡Eso no es cierto! —Sí, sí, lo que digas. Recógete en tu alcoba temprano. Anunciaron fuertes ráfagas de viento. La tormenta apenas está comenzando — salió de la biblioteca, quien sabe con qué destino, dejándome con la palabra en la boca. Esa mujer es una sinvergüenza. ¿Cómo se atreve a pensar tal cosa? Terminé de organizar los últimos libros y tomé la figura y el candelabro para traerlos conmigo a mi habitación. La figura la dejé sobre la mesa de vanidad y me dirigí al baño. Cuando me bañe, iré a cenar algo ligero. Luego del baño, regresé a mi habitación y dejé el candelabro al lado de la figura para tener las manos desocupadas y ponerme la bata blanca por encima. Desde que me he estado quedando aquí, ese espejo lo he mantenido como estaba, tapado; mayormente uso el que nos regaló la Sra. Josefa a mi hermana y a mí. Para mí fue curioso notar que la manta que cubría el espejo había desaparecido. No voy a negarlo, tuve una sensación bien desagradable, aun así, la curiosidad me llevó a acercarme. A medida que acortaba la distancia, se podía apreciar una silueta de lo que aparentaba ser una mujer al otro lado del espejo. No sentí mucho miedo, pues era una mujer como yo, aunque muy bonita. Su cabello era rubio y ondulado. Su piel es blanca, aunque no más blanca que Viktoria y su hermano. En sus ojos cafés pude percibir miedo, tal vez angustia, como si quisiera cruzar el espejo. Podría fácilmente alejarme, pero me sentía atraída y curiosa, lo estuve más cuando oí su voz. Estaba segura que era la misma que oí en la biblioteca. Su mano descansó en el espejo y dibujó un círculo. —¿Quién eres? — le cuestioné, mientras me inclinaba levemente hacia el espejo, pero aún mantenía cierta distancia. Llegué a pensar que estaba soñando o teniendo alucinaciones. Sabía que no era normal lo que estaba ocurriendo, pero mi curiosidad era más fuerte que la razón. —Sálvate — murmuró en un tono decaído.  —¿De qué? —La maldad se oculta en la oscuridad. —¿De qué estás hablando? —No confíes. Ella ha abandonado el mundo de los vivos hace mucho tiempo. —¿De quién hablas? ¿De Viktoria? — no sé por qué ella fue la primera en cruzarse en mi cabeza. Negó lentamente con la cabeza, elevando su mano de nuevo y señalando detrás de mí. —Ella está ahí — susurró. Un segundo solo bastó para arrepentirme de mi decisión. Detrás de mí no había nada, pero una agitada respiración me alertó; obligándome a levantar la mirada y, ahí la vi; era Isabel. Por la distancia entre nosotras, sin mencionar el miedo que sentí, no pude notar otra cosa que no fuera su rostro. Sus ojos amarillentos completamente abiertos con sus pupilas totalmente dilatadas y sus dientes alargados y filosos; su expresión paralizada hacía resaltar su rostro parcialmente desfigurado. De entre sus dientes fluía una sustancia extraña; un liquido n***o el cual con sus jadeos y convulsiones dispersó a su alrededor en un milésimo segundo. Lo último que oí fue un soplido detrás de mí, capaz de condenarme a la inmersa oscuridad de la habitación.
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