Capítulo 2
Circulo vicioso
Desaparecí de la vista de Vicent y me refugié en la cocina un poco asustada. Cualquiera mala interpretación por parte de mi marido pudiera significar el fin para mí. Lavé los pocos platos sucios del fregadero y los guardé todo en orden. Desde la cocina escuché unos pocos murmullos entre Vincent y su amigo, ni me acerqué en ningún momento. Solo podía pensar en aquella conexión que hubo entre ambos al tocarnos las manos, y eso era algo que no me pasaba todos los días. Me toqué el medallón de mi madre que tenía puesta en mi cuello y esperé pacientemente a que los caballeros se retiraran, o por lo menos Elliot se fuera. Cuando el ojo verde cruzara la puerta, significaría una noche de tortura, literalmente, tortura.
Me comí mis uñas sin esmalte y disparejas por los nervios, y de repente el miedo se hizo presente cuando los escuché levantarse. Temblé un poco y mi pecho se aceleró muchísimo. Por lo menos David se encontraba dormido y eso me confortaba.
¡Santo cielo!, David.
Como gelatina salí de la cocina para tocar el primer escalón y así subir a la habitación de David, sin embargo, todo fue un desastre en el trayecto. Esos ojos verdes seguían persiguiéndome, y fue muy evidente para mí que tropecé estúpidamente con un jarrón que adornaba la esquina que le daba inicio a la entrada de la cocina.
Me tapé la boca súbitamente y palidecí por lo que había provocado. Ambos caballeros pusieron su atención en mí; más la mirada de Vincent que ha simple vista quería ahorcarme, sin tan solo sus ojos pudieran hablarme, estoy segura que ya estaría bien muerta.
──¡Lo siento! ──exclamé en un hilo de voz
── Mira el desastre que acabas de hacer Stella, ¿acaso no vez, o esta ciega? ──gritó, echando humo por la nariz, parecía un dragón a punto de escupir fuego.
── No fue mi intención.
──Nunca es tu intención. Nunca puedes hacer nada bien.
──Lo siento ──me disculpé avergonzada nuevamente.
Vincent se echó hacía atrás de la silla y miró a Elliot que, su mirada estaba puesta en muchos papeles, luego, mi marido volvió a ponerme atención.
──No te quedes parada como una estatua y tráenos más café ──refunfuñó con ira.
Salí de mi trance y reaccioné de inmediato ──Si, claro.
──No, así estoy bien ──respondió Elliot mirándome ──Gracias señora Parker, fue muy amable ── dijo el hombre con una voz muy sublime. Asimismo, miró a Vicent y le dio una palmada en la pierna ──. ¿Nos vamos?
──Sí ──contestó Vicent poniéndose de pie.
Elliot se acercó a mí, y no pude evitar ponerme extremadamente nerviosa, hasta el punto que bajé la mirada, la cabeza, y hasta sentir mis bragas deslizarse, pero no, solamente me extendió su mano derecha.
──Fue un placer conocerla señora Parker
Me quedé callada un buen rato, rogando en mi mente que Vincent no se enfureciera. Entre abrí la boca y tragué grueso.
──El placer es mío señor… ──pausé para recordar su apellido, y fue cuando recordé que nunca se presentó con su apellido.
── Freeman. Elliot Freeman ──completó mis palabras él.
El ojo verde que llevaba puesto un buzo blanco, una gabardina negra y un jean azul oscuro salió por la puerta junto a Vincent, que antes de cerrar la puerta me echó un vistazo.
── ¡Ya vuelvo! ──y se marchó.
Respiré normalmente colocando mis manos en mi pecho, y corrí escaleras arriba a la habitación de David. El pobre angelito estaba acostado sudando de fiebre. Regresé a la cocina como una liebre corriendo a todos lados y puse sobre su frente paños de agua. El chiquillo murmuró dormido, y pensé que se despertaría, pero no sucedió, siguió profundamente en los brazos de Morfeo. Mis manos volvieron a rodear su frente y ya esté no tenía fiebre, por lo tanto, pude irme tranquila después de darle un beso.
Recogí el reguero del florero y lo eché a la basura. Fui a mi alcoba y me acosté en la cama, y me quedé profunda, entregada a los brazos de Morfeo.
No sé cuanto tiempo dormí, solo escuché el vehículo y como la puerta se abría. Temblé acurrucada en las sabanas y fingí estar dormida. Escuché sus pasos acercarse, y cada vez el corazón latía a mil ciento por uno, luego, se acercó más hasta entrar a nuestra habitación matrimonial. Sentía que me miraba desde la distancia, hasta que tocó mi cabello, hasta abruptamente arrancarme el cubrelecho. No pude fingir más, abrí mis ojos, no pude evitar encontrarme con los suyos color café, fríos y distantes.
──Quítate la ropa ──me ordenó.
Sentí un alambre de púa cruzar mi garganta, y súbitamente mis lagrimas surgieron.
── ¿Por qué lloras? Cumple tu deber como esposa.
Comencé a desvestirme con la rapidez que pude hasta quedar sin nada, tal como Dios me había traído al mundo. Él se encaramó en hojarasca encima de mí, y pude sentir el alto consumo de alcohol. Su cuerpo bien formado y sus nalgas en su lugar era la tortura de mi cuerpo. Sentirlo adentro fue un completo suplicio, cada vez se volvía más agresivo durante el sexo. Cuando me quejaba por una posición que no me gustaba, me abofeteaba, y para culminar su placer, colocaba sus dos manos en el cuello y dejaba todo su residuo dentro de mí. Así era siempre, SU placer, no el mío.
Se levantó como si dejara a un lado un pedazo de basura y caminó por la habitación desnudo. Sus piernas eran aún vigorosas, su abdomen dibujaba una V en el medio. Sus brazos eran fuertes y su rostro muy varonil. Vincent por fuera era un hombre guapo y atractivo, pero por dentro era posesivo, y excesivamente controlador. Él se me quedó mirando, mientras que trataba de ponerme la ropa.
── ¡Eres patética Stella! Pareces una vieja ──cada palabra despectiva hacía mí me dolía, pero mi corazón podía soportarlo.
── No sirves para nada, ni en la cama, eres tan frígida ──murmuró, caminando de un lado a otro.
── Hay mujeres más hermosas que tú, con buen culo y buenas tetas ──se mordió el labio, como si se imaginara a alguien y miró por la ventana.
── Ya tengo un hijo, el metabolismo del cuerpo cambia ──respondí con dolor.
── Por eso no quería ladillas.
── No le llames así a nuestro hijo.
── ¿Nuestro? ──se rio socarronamente ──. Tuyo.
Las lágrimas volvieron a salir, y llena de ira me levanté de la cama y salí del cuarto.
── ¿A dónde vas pedazo de mierda? ──me siguió.
Seguí mi camino hacia la cocina.
── Escúchame basura
No dije nada, hasta que sentí un jalón en mi coleta. Grité y me colocó frente a él.
── Eres patética en todos los sentidos. Si yo habló tú escuchas, me entiendes maldita zorra.
Me empujó hacía el suelo y el furor en mí se encendió.
── Maldita zorra será tú madre ──vociferé, esa frase, bastó y sobró para encender todo un fuego. Se volvió hacía mí y me cogió del pelo con una mano, era demasiado fuerte, y con la otra me sostuvo el hocico.
── Maldita zorra era tú madre Stella, que ojalá se esté pudriendo en el infierno ──eso hizo que mi corazón y mi rabia creciera, pero no vi venir un puñetazo en mí rostro. Caí en brucé al suelo, y sentí como algo caliente se deslizaba por mi boca, era el sabor de la sangre. Vicent subió las escaleras como si nada, y se acostó a dormir, mientras que yo… Lloré, lloré por mí, por mi infierno. Me fui a verme en un espejo, observé como la mitad de mi rostro se encontraba morado y mi ojo derecho casi cerrado. Parte de mi boca se encontraba rota e hinchada y las lágrimas aún seguían saliendo.
Sinceramente, quería matarlo, ahogarlo con una almohada, clavarle un cuchillo en el pecho, echarle veneno a la comida; quería que se acabara todo ese infierno, y ser libre. Lo odiaba, lo detestaba con toda mi alma por todas las veces que me obligo a tener sexo, por todas las veces que me levantó la mano y me golpeó sin piedad, por todas las veces que me humilló, y me trató como una basura.
Solo había un problema…
No era una asesina.
Eso hizo que me deprimiera más, y para calmar mi angustia, corrí a los brazos de lo único bueno en mi vida, mi hijo. Posé mi cabeza con la de él, y lloré toda la noche en silencio.
*****
Me levanté muy de mañana, preparé el desayuno; huevos revueltos, con jugo de naranja, un poco de café y tostadas. Vincent se levantó, bajó las escaleras solamente con su pantalón, y se sentó a la mesa para devorarse todo.
── Y el escuincle ──preguntó apenas se dio cuenta que él niño no estaba.
── Esta arriba ──contesté cortante.
── ¿Aun durmiendo ese mocoso?
── Está enfermo.
── ¿Qué tiene?
── Como si te importara.
── ¿Me vas a decir que tiene sí o no?
── Tienes fiebre ──soltó un bufido ──. ¿Por qué no lo llevas al médico?, por Dios Stella piensa, no seas bruta y sé una buena madre.
Me quedé parada mirándolo con desprecio, con odio, no obstante, no dije nada.
── Busca mi camisa azul, tengo una junta muy importante.
Me tembló el labio inferior al hablar.
── Esta sucia
Dirigió su mirada hacía mi ── ¿Cómo que está sucia?, ¿Qué haces aquí todo el dia inútil?
── La traías puesta ayer
── Entonces búscame otra, y no te quedes allí parada.
Subí las escaleras y busqué en el armario una camisa blanca, después de conseguirla, levanté la camisa azul del suelo. fue cuando me di cuenta; el cuello de la camisa traía un barato lápiz labial rojo.
Maldito infeliz, me montaba los cuernos. Quise llorar, más aguanté la respiración despacio y respiré hondo para no parecer como la estúpida cabrona que lava, plancha, y cocina, mientras que su marido se revuelca con mujerzuelas.
No dije nada, le entregué la camisa, y él se la colocó de inmediato. Buscó las llaves del auto, y antes de marcharse me gritó.
── No vendré por dentro de 3 días ──y se marchó, como siempre solía hacer.
Nunca fui tan feliz al saber que durará tres días fuera de la casa. Corrí escaleras arriba y desperté a David que se preocupó al verme el moretón enorme en el ojo.
── Vamos al parque cariño ──le susurré con un beso.
── ¿Qué te pasó mami?
Se me quebró la voz al responderle.
── Me caí por las escaleras mi amor. Pero, no nos pongamos triste, vamos al parque.
David se alisto con un suéter gris, y un jean azul claro. Mientras que yo, trataba de ocultar el moretón, sintiéndome humillada al tener un vestido floreado ancho que evidenciaba lo delgada que me encontraba y lo demacrada. En realidad, parecía una vieja, y eso me hizo sentir peor conmigo misma.
Salimos de la casa dispuesto a divertimos, y nos dirigimos a un parque cerca de la casa solitario. David corría y se columpiaba felizmente. Me senté en un banco vigilando sus movimientos hasta que observé como una pareja discutía, y el chico le decía a la chica que era patética, y la mujer aún seguían detrás de él.
Era tan estúpida…
Vete, o tu vida será un infierno… quería decirle, juro por Dios que quería decirle. Pero… me vi reflejada en ella, y en lo patética que también me veía yo. Estaba en la misma posición y condición, en ese círculo vicioso difícil de salir.
Como…
¿Como podemos escapar de aquellas relaciones que nos hacen daño?
¿Cómo puedes luego, reconstruir tus pedazos?
***
Hola, espero que les esté gustando la historia, me agradaría sus comentarios. Les invito quedarse hasta el final.
Los quiero mucho.
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