VI. Una semana después

900 Palabras
La princesa soltó un chillido cuando su cuerpo cayo con fuerza al suelo. Magnolia sonrió mientras colocaba la espada en su hombro. —¿Duele? —pregunto obteniendo como respuesta una mirada llena de furia por parte de la princesa Como pudo intento colocarse de pie, pero cayó al suelo adolorida. —La primera regla princesa, en batalla el dolor es normal si no puedes resistir y de un solo golpe caes ten en mente lo siguiente: Estarás muerta —susurro fríamente —¿Y de qué sirve entonces el dolor? —los labios de Magnolia formaron una sonrisa ladina— Ayúdame, escoria —¿Ayudarte? —pregunto Magnolia fingiendo ofensa, luego soltó una carcajada— Princesa en el campo de batalla nadie te ayuda ¿queda claro? Mariana se puso de pie sosteniendo su mano derecha donde se podía ver un leve corte, fulmino a su entrenadora e ignoro lo comentado. —Cuando estés peleando nadie te va a socorrer, no seas débil y lucha —Magnolia observo el cuerpo de la princesa, se podía aún ver la delicadeza y belleza de la princesa bajo aquellas ropas de cuero —Deja de mirarme —Mariana susurro entre dientes totalmente avergonzada y fastidiada ante la mirada de Magnolia —¿Por qué? —Solo dame unos minutos, me duele la herida —no obtuvo respuesta simplemente se adentró a la cabaña Magnolia observo aquello y formo en sus labios una mueca. —¿Cómo es posible que entrene a esa princesa? —rodo sus ojos— Mocosa engreída, ni pelear sabe Ambas se encontraban alejadas del palacio, en una cabaña especial para que la futura reina sea entrenada, no había sirvientes solo ellas solas. Kant fue firme en sus palabras y ante la negativa de Mariana solo pudo insistir. Ella debía aprender a pelear y sobrevivir porque al convertirse en reina debía afrontar muchas cosas. Y debía estar preparada. Hace casi como una semana que Magnolia acepto el trato con aquella bestia, solo por su hermana. En su mente el deseo de verla pronto era su único consuelo en las frías noches. Espérame pronto, hermanita. Tomo asiento en el suelo soltando un suspiro. Mientras Mariana se observaba en el espejo con un extraño sentimiento en su corazón. (…) Nuevamente la vio y su corazón desemboco miles de sentimientos. El aroma de su compañera yacía impregnado en cada parte del castillo y ese era su relajante, el dolor desaparecía cuando aquel dulce aroma llegaba a sus fosas nasales. Las yerbas ya no servían, solo el aroma de Lucia. Amaba verla limpiar con delicadeza y admiración los libros. Poseía una cabellera negra como la noche, una mirada tan dulce y unos labios delgados, provocando que el joven rey deseara besarla. Negó nuevamente mientras tomaba asiento en su despacho, desde hace una semana que su hermana partió junto a la prisionera a una cabaña alejadas de los lujos. No tenía miedo de que Magnolia huyera porque sabía muy bien que de un solo movimiento y obtenía a la hermana de aquella mujer. Así que no podía incumplir con su palabra, aunque recibió muchas negaciones de la joven princesa ella entendió que era por su bien, que debía prepararse para cuando ella sea la reina. Porque tener aquel título no es fácil y más cuando sus enemigos, los felinos, desean a cada momento adueñarse de sus tierras y mancillar el pasado de los lobos. Kant no permitiría eso. Se dedicaría a dejar todo en orden y darle una paz a su compañera, aunque su lobo sollozara al estar lejos de aquel aroma, de aquella mujer. Javiera entro al despacho seguida de Lucia quien cargaba entre sus manos una charola de plata, aquel aroma llego hasta el joven rey provocando que formara una sonrisa en sus labios y cerrara sus ojos recostándose cómodamente sobre su silla de cuero disfrutando de aquel aroma. —¿Cómo te sientes hoy? —Javiera pregunto ayudando a Lucia a colocar la taza sobre la mesa El joven rey soltó un suspiro. —Mejor. —la voz ronca del rey hizo temblar a Lucia, sentía una extraña sensación y mucho nerviosismo cada vez que estaba cerca de él— ¿Qué es? —Manzanilla, para calmar un poco tus dolores. —él asintió— ¿Deseas algo más? Con lentitud Lucia retrocedió agachando la cabeza. —No, nana, gracias por tu apoyo. —sus labios se apretaron cuando sintió como su amada nana soltaba un sollozo— Ella estará bien —afirmo con suavidad —La extraño, debe estar tan cansada y adolorida. No me fio de esa mujer, en cualquier momento lastimara a mi niña —Javiera se cruzó de brazos mostrando molestia —Mariana debe aprender mucho, nana. Tranquilízate. Lucia —susurro aquel nombre con suavidad— trae un libro de la biblioteca —¿Cuál su majestad? —con la cabeza agachada pregunto la humana —Elige tú el que desees —ella asintió para luego salir del despacho apresurada Javiera soltó un suspiro. —¿Por qué te niegas a decirle la verdad? —sus pasos resonaron en el lugar mientras se acercaba al joven rey Este abrió los ojos con lentitud y observo frente suyo a su nana. Le mostro una sonrisa. —Por su bien —fue capaz de susurrar antes de volver a cerrar sus ojos y seguir disfrutando de aquel dulce aroma
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