CARTA CVIII LA PRESIDENTA DE TOURVEL A LA SEÑORA DE ROSEMONDE ¡Oh indulgente madre mía! ¡Cuántas gracias tengo que darle! ¡Y cuánta necesidad tenía de su carta! La he leído y releído sin cesar, y no podía dejarla de las manos. A usted debo los únicos momentos menos penosos que he pasado desde mi partida. ¡cuán buena es usted! La prudencia y la virtud saben siempre compadecerse de la debilidad. Usted tiene conmiseración de mis males. ¡Ah! ¡Si los conociera!… ¡Son horribles! Yo creía haber experimentado las penas del amor. ¡Pero el tormento que no puede expresarse, aquel que es menester haberlo sufrido para formarse idea de él, es el separarse de lo que se ama, y separarse para siempre! ¡Sí, la pena que hoy me oprime se renovará mañana y toda la vida! ¡Dios mío, cuán joven soy todavía, y c

