Paula convenció a la joven a ir a la pastelería de su madre. Lana había aceptado porque sabía que cuando estaba con Paula su estado de ánimo cambiaba de forma sorprendente y se sentía mucho mejor. Así que iría, además de que buscaba despejar su cabeza. Al poco tiempo de irse en taxi, ya estaban allí. El negocio de la madre de Paola era hermosísimo y el local era grande. El rosado y blanco destacaban, además de adornos florales, todo era perfecto y el olor a pastel recién horneados y galletas recién hechas, lo hacía todo mejor. —Hola, Lana... me alegra verte por aquí y a ti también Paula aunque ya te he visto hace rato. Ella se echó a reír. —Y yo, me gusta mucho este lugar, además los pasteles son los mejores —expresó. —Pues me siento halagada, cariño —le dijo y ella la abrazó.

