Tengo que admitir que la exagerada reacción de Reginald me ha dejado de una pieza. Y no solo por lo que mis ojos han presenciado —y ¡madre mía!, que grande la tiene—, sino porque la estoy sintiendo ahora mismo: esa parte rígida y muy firme, presionada contra mi vientre. La realización por mi imprudencia me golpea como un balde de agua fría, aunque estamos empapados bajo el chorro caliente. Supongo que me dejé cegar por la furia al encontrar la maldita puerta cerrada, cuando lo único que pretendía era salir para distraerme. Admito que no medí mis acciones y, mucho menos, tuve en cuenta que él estaría desnudo bajo la ducha. Pero, vamos, debería haber recordado que casi nadie se baña con la ropa puesta y no creo que Junot llegue a tal grado de superficialidad. No obstante, no fue hasta que

