Capítulo — La deuda que le debo En el hospital naval, Matías Torres pasaba los días midiendo el tiempo por el dolor. No había reloj más preciso que su propia pierna: cuando ardía como fuego bajo la piel, sabía que estaba amaneciendo; cuando el dolor se volvía hondo, espeso, como si le royera el hueso desde adentro, sabía que era de tarde; cuando lo despertaba en la madrugada con la violencia de una mordida invisible, sabía que la noche todavía no terminaba. Su pierna derecha había quedado casi inútil. No era un simple hueso roto. Había sido el encierro bajo el mar, la asfixia lenta del músculo sin oxígeno, la cuerda mordiendo los tejidos hasta casi apagarlos, la sangre detenida en su curso, la carne muriendo de a poco sin que nadie pudiera verlo en una radiografía. Había vasos destru

