Capítulo 5 — Lo que el mar no perdona
Thomas había decidido que aquel fin de semana nada volvería a ocultarse.
Había guardado el secreto de su boda demasiado tiempo, y cada vez que veía a Erika irse a la residencia con esa sonrisa a medias, sentía que la estaba haciendo vivir a medias también.
—Hoy te vas a vivir conmigo —le dijo una mañana, mientras ella terminaba la guardia en el hospital —.
Quiero que veas dónde vivo. Quiero que seas parte de todo, no seguir viéndonos a escondidas como si cometiéramos un delito.
Erika lo miró sorprendida, pero asintió.
Eran esposos. Él había prometido volver siempre, y cumplir una promesa también significaba dejar de esconderla.
[Pensamiento de Thomas]
Esa mañana, mientras ella se acomodaba el cabello frente al espejo del vestuario, Thomas la observó sin decir palabra.
Recordó el instante exacto en que le había pedido casamiento: la brisa del mar, el temblor en sus manos, y ese “sí” sin pausa, sin cálculo, sin miedo.
Erika no había dudado ni un segundo.
No pidió tiempo, no hizo preguntas. Solo lo miró con los ojos llenos de fe y le dijo que sí, como si el mundo entero se resumiera en esa certeza.
Desde entonces, cada vez que la veía reír o trenzarse el cabello antes de salir, entendía que ella merecía mucho más que promesas susurradas entre sombras.
Merecía el mundo.
Y él necesitaba dárselo.
Durante semanas habían vivido en un limbo extraño: casados ante la ley, pero escondidos ante la vida. Se encontraban a escondidas, se hablaban en susurros, se amaban como si el amor fuera un delito que el mar debía custodiar en secreto.
Pero Thomas ya no podía más.
No era deseo —aunque también la deseaba con cada fibra—; era necesidad de vivir con ella, de compartir los días simples, de despertarse con su perfume en la almohada, de verla estudiar con los pies descalzos y alcanzarle un café sin miedo a ser descubiertos.
Era necesidad de tener un hogar, no solo un refugio.
Nunca había tenido eso.
Había tenido mujeres, sí, pero nunca amor.
Ni una mano que lo esperara después de una misión, ni una voz que le dijera “volvé” sin pedir explicaciones.
Erika era distinta.
Había llegado con su inocencia, con su luz, con esa manera suya de mirar que hacía que el ruido del mundo se detuviera.
Por eso, ese día, Thomas decidió que no habría más sombras.
Si el mar le había enseñado algo, era que nada se puede ocultar para siempre.
Y su amor por Erika… ya estaba pidiendo salir a la superficie.
La base naval los recibió con su aroma particular a metal y a sal.
El sol caía sobre los barcos anclados, y el viento agitaba las banderas como si advirtiera que algo estaba a punto de cambiar.
Thomas caminaba con paso firme, la libreta de matrimonio en la mano. Erika lo seguía con el corazón apretado, consciente de que estaban desafiando algo más que un reglamento.
Cuando llegaron a la oficina del comandante médico, Thomas se cuadró frente al escritorio y extendió la libreta.
—Vengo a informar oficialmente mi matrimonio —dijo con voz clara—.
Con Erika Navarro, estudiante de la Escuela Naval de Enfermería.
El silencio que siguió pesó como plomo.
El médico levantó la mirada y lo observó con una mezcla de incredulidad y enojo.
—¿Se casó con una de las estudiantes de enfermería? ¿Una de las rescatadas en el operativo? —preguntó, sin disimular el tono acusador.
—Sí, señor —respondió Thomas—. Lo hice porque quería hacer las cosas bien. No tengo nada que esconder.
El médico dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Guzmán… cruzó una línea. No solo las normas, también el sentido común. ¿Se da cuenta de lo que implica? Ella es demasiado joven. ¿Cuántos años le lleva, señor? Lo que siente esa muchacha puede confundirse con gratitud.
Thomas sostuvo la mirada.
—No fue gratitud —su voz tembló apenas—. Fue amor. Lo que siento por ella no se parece a nada que haya sentido antes.
El médico suspiró, cansado.
—Creo que se precipitó. Una cosa es salvar una vida, otra es atarla a la suya.
Giró la cabeza hacia Erika.
—¿Y usted, señorita… perdón, señora? ¿Entiende lo que está haciendo?
Erika dio un paso al frente.
—Sí. Yo lo elegí. Nadie me obligó. Soy mayor de edad y sé lo que quiero.
El médico frunció el ceño y sonrió con ironía.
—A veces ser mayor de edad no te hace inteligente —replicó, sin suavidad—. ¿Le avisaste a tus padres al menos?
[Pensamiento de Erika]
Las palabras del superior la atravesaron como un eco que no podía ignorar.
Hasta ese instante, todo había sido impulso, emoción, el vértigo de amar y sentirse elegida.
Pero de pronto, al oír “¿Le avisaste a tus padres?”, el aire se le volvió pesado.
No lo había hecho.
Ni siquiera lo había pensado.
Entre la locura de aquel amor y el miedo de perderlo, se había olvidado de lo importante.
No quiso imaginar la decepción en los ojos de su madre, ni la mirada dura de su padre al enterarse por otros.
Había tenido miedo.
Miedo de que la separaran de Thomas, de que le dijeran que era un error, de que la hicieran elegir entre su vocación y su corazón.
Y entonces eligió callar.
Eligió amar en silencio, creyendo que así nada podía arrebatarle lo que había encontrado.
Ahora entendía que el silencio también era una forma de herir.
Y que, aunque lo había hecho por amor, ese amor también podía doler.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
Thomas la miró y comprendió que, en todo su impulso por hacer las cosas “bien”, había olvidado lo más importante: el hogar del que ella había partido.
—Perdoname, Erika —murmuró con voz ronca—. No fue mi intención pasar por arriba de ellos.
Nunca he pedido permiso a nadie. No lo pensé.
La abrazó, y Erika también lo hizo. Ambos comprendían, en silencio, que debían reparar lo que habían roto sin querer.