Capitulo—El presentimiento Una tarde tranquila entraba por la ventana cuando Benjamín estaba sentado en el suelo, rodeado de autitos y piezas de colores grandes, concentrado en una construcción imposible que se desarmaba cada dos minutos. Tenía casi dos años y una risa fácil, de esas que nacen sin miedo, limpias, como si el mundo todavía no hubiera tenido tiempo de enseñarle a desconfiar. Matías estaba sentado en el sillón, con la pierna estirada, repasando unos papeles de la base naval. Vivía allí, en la base, pero cada tarde, cuando podía, cruzaba esas pocas cuadras hasta la casa de Erika. No hacía falta que nadie lo llamara. Era un hábito silencioso, natural, como si ese camino se hubiera marcado solo con el paso del tiempo. Era su vida, aunque nunca lo dijera en voz alta. Erika los

