Valeria sintió que el miedo le recorría las venas como hielo líquido, pero se obligó a mantener la calma. —Marcus —dijo Alexander con voz controlada—. Baja el arma. Esto no tiene que terminar mal. —¿Mal para quién? —Marcus soltó una risa amarga—. Llevo treinta años en esta empresa. Treinta años siendo el segundón, el que nunca fue suficiente. Y luego llegas tú, el nieto dorado, y te lo dan todo. —El abuelo tomó esa decisión, no yo. —¡Porque te manipuló! Te llenó la cabeza de promesas, te convirtió en su pequeño soldado perfecto. La pistola temblaba ligeramente en la mano de Marcus. Valeria se dio cuenta de que estaba nervioso, lo cual lo hacía aún más peligroso. —Valeria —dijo Alexander sin apartar la vista de Marcus—, sal de aquí. Ahora. —No. —Maldita sea, por una vez en tu vida h

