«¡Por favor, Dios mío, ¡por favor!», oró desesperadamente. «¡Que todo salga bien, Dios mío!» Los lacayos abrieron las puertas, el Conde oprimió su mano y Vesta avanzó hacia adelante. Se escuchó un ruido que recordaba el rugido del mar, y olas gigantescas estrellándose contra la arena. Por un momento, Vesta sólo acertó a quedarse inmóvil, estupefacta, incapaz de comprender qué sucedía. Entonces, se encontró de pie bajo la luz del sol. No estaba en una habitación como había esperado, sino en un balcón. Bajo ella, miles y miles de rostros miraban hacia arriba, agitando banderas y pañuelos al aire, mientras se escuchaban, uno tras otro, los rugidos de la multitud. Era imposible moverse, o hacer otra cosa que quedarse inmóvil, mirando. Entonces escuchó que el Conde decía: —Sonríe, mi dulc

