Rabia. Dolor. Rabia. Dolor. Asco. Dolor, dolor, dolor, dolor. – ¿Maia? –salto en mi lugar, vuelvo en sí. –Debemos ir a bañarte. – ¿Quién eres tú? –siento el cuidado con el que trata de quitar las esposas en mis muñecas. –Yo, no había escuchado tu voz desde que estoy acá –una de mis manos queda suelta. –Eso no importa ahora, lo que importa es que te ayudare a darte un baño. – ¿Puedo pedirte un favor? Prometo que no será el típico, ayúdame a escapar –el sonido de su risa, me tranquiliza. –Te escucho. –Después de darme un baño, podrías dejarme caminar por la habitación, cierra la puerta, lo que quieras, solo quiero caminar un poco, lo necesito –quita la siguiente esposa, mis muñecas duelen y arden. –Solo si tú me haces un favor, Maia –me ayuda a sentarme sobre el colchón. –Ya deja

