La luz del sol que se reflejaba en una espada me animó a dar un salto volador con una patada de tijera bien calculada al lado de la cabeza del villano. Lo envió inconsciente al suelo, su cuchillo cayó inofensivamente a su lado. —¡Aella! ¡Gracias a Dios! Me salvaste la vida; No podría haber sostenido la hoja lejos de mi garganta por mucho más tiempo. —¿Quién es él? —Señalé con el pulgar a la figura descomunal postrada entre la pamplina. Nerian enderezó su túnica y dijo: —Él ara la tierra más allá, a lo largo de la carretera de Corbridge, a una milla más o menos de distancia. Yo muelo su cebada. —¿Y esa es razón suficiente para quererte muerto? —Tomé el cuchillo y lo metí en mi cinturón. Mi amigo se rio sin alegría. —Me acusó de engañarlo. —¿Y tú lo hiciste? —¡Aella! ¡Por supuesto q

