Mi regreso a casa, tan dulce como lo imaginaba, me planteó un dilema. Envidié a los copistas de Lindisfarne cuyo trabajo consistía simplemente en reproducir e ilustrar evangelios ya inscritos. Me preguntaba si Gregorio Magno y Sulpicio Severo, quienes como yo habían escrito ex novo, habían luchado con las mismas dudas atormentadoras que yo estaba experimentando. ¿Había completado el Libro I? ¿Hubo omisiones graves o podría mejorar los contenidos? En este estado de ánimo, había dos soluciones a las que podía recurrir: la meditación o el estancamiento. Como creo que el tiempo es un gran consejero, opté por lo segundo. Para ello, sin perder tiempo, recuperé mi ilustración preparada con anticipación al Libro II, rechinaba los dientes y la rompía en pedazos. Sólo lo mejor de mí haría por el re

