Aunque Nigromante me lo ocultara, sabía que la batalla había dado inicio gracias a mis imprudencias. Entristecida contemplaba su preciosa habitación imperial, me encontraba muy cerca de los libros que él tanto amó. No pude quedarme solo viéndolos, me aproximé hasta el mueble, alcé mis dedos tocándolos y mi mente viajó en el tiempo cuando él me acompañó mostrándose siempre un precioso y dulce caballero. Mi corazón brincó al tocar su favorito. Lo pasé a mis manos sin poder contener toda aquella admiración por él, con el corazón aún hecho un nudo revisé sus hojas y con mis dedos acaricié las anotaciones que él había hecho en hojas adicionales, las cuales comprendía perfectamente, estaban en nuestro idioma; mientras que en el resto todo seguía en esa lengua semítica. “Jon no debió marc

