Giana Me duché rápido, todavía con el pecho apretado por cómo se había ido Alex, y me vestí despacio mientras Mateo esperaba en la planta baja como si nada de lo ocurrido fuera con él. El trayecto hasta la clínica fue silencioso. Silencioso por fuera, porque dentro de mí tenía un torbellino: culpa, cansancio, irritación… y esos bebés que no dejaban de moverse cuando Mateo estaba cerca, como si lo reconocieran. Cuando estacionó, bajó primero —cómo no— como si fuera mi escolta personal y mitad dueño del universo. Me abrió la puerta sin decir nada, pero con esa mano firme en mi espalda baja que me guiaba siempre a donde él quería. Entramos al edificio y, al cabo de unos minutos, la puerta del consultorio se abrió. Me recibió el doctor de cabello castaño perfectamente peinado, ojos marron

