—Y olvida la luna de miel —susurró con una frialdad que me partió el alma. —¿Qué…? —La luna de miel que planeé para nosotros —continuó, sin apartar sus ojos de los míos—. No la mereces. Las palabras fueron un latigazo. —Tú rompiste mi confianza, Giana. Tú hiciste esto. Me solté de su agarre con torpeza, sintiendo un nudo en la garganta. —¿Y tú? —mi voz temblaba, pero lo dije igual—. ¿Tú no rompiste la mía cada vez que te acostaste con Sonia? —Eso fue antes —gruñó—. Lo dejé todo por ti. Todo y tú… tú corres a los brazos de ese maldito cada vez que discutimos. —Porque estoy sola, Mateo… —susurré—. Porque tú me empujas a sentirme sola. Él apretó la mandíbula, pero en lugar de suavizarse… se endureció más. —No estás sola. Me tienes a mí. Alzó la mano, señalándome con un dedo. —Y va

