Giana Miraba la tormenta a través de la ventanilla del coche; las gotas corrían como si también lloraran por mí. Yo no podía parar. Sentía el pecho apretado, como si cada latido fuera un golpe que me recordaba todo lo que Mateo acababa de destrozar. —¿Estás bien, señora? —preguntó el chofer, acomodando el espejo para verme. —Sí… —mentí con la voz rota—. Solo… lléveme a casa, por favor. Volví la mirada al cristal empañado. ¿Por qué Mateo? Me mordí el labio, intentando contener otro sollozo que terminó escapándose igual. Mateo me rompió el corazón… otra vez. Ya era la segunda vez que me lastimaba, pero esta vez dolía distinto: más profundo, más agudo, como si hubiera encontrado la parte de mí que más traté de proteger… y la hubiera aplastado sin esfuerzo. Me abracé a mí misma, temblan

