Capítulo 11

1123 Palabras
Valentín sintió el menudo cuerpo bajo él temblar ligeramente. Al calmarse y enfocar la mirada en el rostro del otro alfa, notó que este lloraba. Quiso sentirse furioso, odiarlo aún más por su debilidad, sin embargo, pasó todo lo contrario. Si continuaba a su lado se volvería completamente loco y la culpabilidad se instalaba en su pecho arrebatando su aliento. Al notar el hilo de sangre que escurría de la nariz del castaño, como segundo tras segundo su mejilla adquiría un tono más intenso, las abundantes lágrimas que se perdían en su quijada y la expresión abatida de su rostro, la manera errática en que sus labios temblaban, no pudo evitar sentirse culpable. Algo en su interior dolía y una parte de él gritaba para que reconfortara al otro alfa entre sus brazos y le pudiera perdón de risillas de ser preciso. Un poco mareado por las emociones que experimentaba se apartó del otro chico. Tomó sus cosas y en completo silencio abandonó la habitación de ambos, dejando a un abatido y herido Manuel dentro. Una vez fuera pidió un uber, necesitaba salir de ahí, dejar de sentirse tan jodidamente mal. Por más que lo intentara no lograba sacar la imagen de Manuel de su cabeza. Manuel se quedó quieto sobre la silla, al saber que estaba solo sus sollozos aumentaron considerablemente, intentando ahogar su frustración y tristeza entre lágrimas. Era estúpido llorar por lo sucedido, él ya se sentía de ese modo, el alfa no mencionó nada nuevo en sus insultos. Aún así, que Valentín lo tratara de ese modo le dolía demasiado. Desde que comenzó a desarrollar conciencia se le hizo sentir como un objeto, al cual podías usar hasta el cansancio y luego desechar. Después de la muerte de su madre a él le tocó sustituirla, tanto on los quehaceres de la casa como en la cama de su padrastro. Lo que ahora le dolía, era saber que Valentín lo veía del mismo modo que su padrastro. Quizás tenían razón, quizás no valía nada. Sin limpiar el desastre del piso, se encaminó hasta su cama dejándose caer pesadamente en esta. Cerró los ojos aferrándose a su almohada. De pronto, cientos de recuerdos invadieron su mente, pero uno de ellos logró profundizar su agonía. Años atrás Mateo con gran entusiasmo daba brincos en la vereda del colegio impaciente por qué su padre los recogiera pronto. Manuel, observaba al más pequeño con una gran sonrisa en el rostro, se sentía feliz y orgulloso de si mismo, nada podría empañar su felicidad. El sonido de la bocina los alertó a ambos niños, los cuales al ver a Pedro corrieron hasta el auto. — ¿Cuánto entusiasmo?— El hombre los observaba atentamente por el espejo retrovisor. —Hoy fueron las pruebas para entrar al equipo de fútbol infantil. ¡Manu y yo quedamos seleccionados!— Exclamó con un gran chillido el más pequeño. — Muy bien, campeón. Ahora tienes que dedicarte a hacerlo bien, a ser el mejor—. Giró un poco su torso para poder revolver el cabello del moreno, acción que el niño correspondió con una radiante sonrisa. —Yo también quedé—. Masculló bajito Manuel. De algún modo buscaba la aprobación del adulto. Ante las palabras del otro niño, el hombre asintió en completo silencio para luego centrar su mirada al frente y poner en marcha el vehículo. Durante el trayecto, se instaló un silencio bastante incómodo entre ellos, el ambiente se sentía pesado y Mateo, algo asustado tomó la mano de Manuel, quién le dedicó una forzada sonrisa con el fin de tranquilizarlo. Al llegar a casa, ambos niños se encaminaban a sus respectivas habitaciones, sin embargo, la voz autoritaria de Pedro, les hizo detenerse. —Manuel, necesito que te quedes un momento, tenemos que hablar—. Alzó la voz lo suficiente como para que ambos niños le escucharan con claridad. —Ve a tu cuarto Teo, ya voy a ayudarte con los deberes—. El más pequeño asintió desapareciendo por las escaleras. Manuel se acercó al mayor, sentándose a su lado en el espacioso sillón—. ¿Pasa algo? —Alzó la mirada confundido. —Si, pasa que tú no estás comprendiendo tú postura en esta casa—. Inclinó su torso hacia adelante, posicionando su rostro muy cerca del pequeño—. Tienes ocho años, ya no eres un bebé de pecho, eres consciente de que tú mamá murió hace unos meses y que no eres mi hijo biológico. Mateo, es mi único hijo, mi deber es con él. No tengo obligaciones contigo. Ahora mismo podría agarrarte y entregarte en algún hogar de menores, pero se que no quieres eso, ¿verdad? —Alzó una de sus cejas con intriga. —No, yo no quiero ir a un hogar, no me quiero separar de Teo—. Murmuró bajito mientras frotaba sus manos intentando calmar el temblor de estas. La ansiedad siempre le jugaba en contra y en ese momento se sentía ansioso y asustado. —Entonces, tienes que empezar a ayudar en casa. Olvídate del equipo de fútbol, tú no vas a participar. Tu obligación es cuidar de Teo, de la casa y obedecer en todo. ¿Quedó claro, Manuel?— Mantuvo su mirada fija en el menor. —Yo puedo hacer todo eso, prometo cumplir con todo, pero déjame entrar al equipo—. Suplicó desesperado, realmente deseaba entrar al equipo, ser parte de algo, hacer lo que le gustaba, poder destacar. —Me parece que no estás entendiendo, no tienes derecho a nada, Manuel. Tú no valés nada, hasta una piedra es superior a ti, tú única función en esta vida es obedecer, pero si no quieres entenderlo tendré que sacarte de mi casa—. Volvió a su posición inicial recargando la espalda contra el respaldo del sillón. —No... Yo le voy a obedecer en todo —. Masculló débilmente y sus ojos se llenaron de lágrimas al sentir la mano del hombre acariciar sus muslos con bastante brusquedad. —Me parece perfecto, lamentablemente tu mamá ya no está con nosotros, pero la diosa del destino, nuestra querida luna, no me desamparó—. Recorrió el lóbulo de la oreja del niño provocando que este rompiera en llanto—, shhh... no llores, es tu destino suplir a tu madre tanto en la casa como en mi cama. Manuel, aterrado, empujó al hombre y corrió escaleras arriba. No se detuvo hasta llegar a la habitación de Mateo y encerrarse con él. El más pequeño lo miró entre asustado y preocupado. Manuel se abrazó a él y lloró en silencio por horas, Mateo sin comprender se dispuso a brindarle cariño y consuelo, supuso que extrañaba a su mamá.
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