El vestíbulo, una estancia alargada y de techo elevado, era un lugar perfecto para morir. No contenía nada que pudiera dañar su maravilloso suelo de mosaico con sus círculos de piedras de mármol de colores y su alegre dibujo de guirnaldas de flores y diminutas aves salvajes. Disponíamos de todo el espacio para pelear, sin una sola silla que entorpeciera nuestros movimientos y nos impidiera matarnos. Avancé hacia el inglés antes de poder darme cuenta de que aún no manejaba la espada con soltura, de que nunca había mostrado grandes aptitudes como espadachín y de que no tenía ni remota idea de lo que mi maestro habría deseado que hiciera en aquel momento, mejor dicho, qué me habría aconsejado de haber estado él allí. A punto estuve de alcanzar a lord Harlech con mi espada en varias

