Cuando me desperté, era de día.
Él se había marchado, como de costumbre. Me hallaba solo. Los demás
aprendices aún no habían aparecido.
Me levanté del lecho y me acerqué a la elevada y estrecha ventana, como las
que se ven por doquier en Venecia, una ventana que impedía que se filtrara el
sofocante calor en verano y el frío viento del Adriático en invierno.
Abrí los gruesos paneles de cristal y contemplé desde mi refugio los muros
que se alzaban frente a mí, como hacía a menudo.
En un balcón situado al otro lado del canal, vi a una sirvienta sacudir una
escoba. La observé durante unos momentos. Su rostro tenía un color lívido y se
movía incesantemente, como si estuviera cubierto por un enjambre de hormigas.
Apoyé las manos en el alféizar de la ventana y agucé la vista. Entonces me di
cuenta de que eran los músculos los que hacían que la máscara de su rostro
pareciera moverse.
Tenía las manos horrendas, hinchadas y deformes, y el polvo de la escoba
que sostenía ponía de relieve cada arruga.
Meneé la cabeza perplejo. La mujer se encontraba demasiado lejos para que
yo pudiera observar estos detalles.
Oí a los chicos conversando en una habitación del palacio. Era hora de
levantarse y ponerse a trabajar, incluso en el palacio del señor de las tinieblas
que jamás se mostraba de día. Los aprendices estaban demasiado alejados para
que yo los oyera.
Cuando mi mano rozó la cortina de terciopelo, el tejido preferido del
maestro, noté que tenía un tacto más bien peludo que de terciopelo. ¡Podía ver
cada fibra del tejido! Me dirigí apresuradamente al espejo.
En el palacio abundaban los espejos, unos espejos grandes y barrocos con
unos marcos decorados y repletos de diminutos querubines. Hallé un espejo de
gran tamaño en la antecámara, una salita a la que se accedía a través de una
puerta exquisitamente pintada en la que yo guardaba mi ropa.
La luz que penetraba por la ventana me siguió. Contemplé mi imagen en el
espejo. No era una masa corrompida e infestada de bichos como me había
parecido la vieja sirvienta. Tenía el rostro extraordinariamente blanco, sin una
arruga.
—¡Lo deseo! —murmuré, convencido de lo que decía.
—No —replicó él.
Esto sucedió por la noche, cuando regresó el maestro. Yo me puse a protestar
y a berrear.
Él no se molestó en darme prolijas explicaciones basadas en la magia o la
ciencia, lo cual pudo haber hecho con toda facilidad. Se limitó a decir que yo era
todavía un niño y que debía saborear ciertas cosas antes de que desaparecieran
para siempre.
Rompí a llorar. No quería trabajar ni pintar ni estudiar ni hacer ninguna otra
cosa.
—Esas cosas han perdido momentáneamente su atractivo —me explicó el
maestro con paciencia—. Pero no imaginas...
—¿Qué? —le interrumpí.
—Lo mucho que lo lamentarás cuando dejen de interesarte por completo,
cuando te conviertas en un ser perfecto e inmutable como yo, cuando todos los
errores humanos sean suplantados por una nueva y pasmosa colección de
fracasos. No vuelvas a pedírmelo.
Sentí deseos de morir. Me acurruqué en el lecho, presa de la furia y la
amargura, y me encerré en un profundo mutismo.
Sin embargo, él no había concluido.
—No protestes, Amadeo —dijo con tono apesadumbrado—. No es preciso
que me lo pidas. Yo te lo daré cuando lo crea conveniente.
Al oír esas palabras, eché a correr hacia él como un niño, arrojándome en sus
brazos y besando su helada mejilla mil veces pese a su fingida sonrisa de desdén.
Al cabo de unos momentos, el maestro me agarró por los hombros con
firmeza y me advirtió que esta noche no habría juegos de sangre. Yo debía
estudiar, aprenderme la lección que me había saltado por la mañana.
Luego me dijo que él debía ir a hablar con los aprendices, ocuparse de sus
tareas, del gigantesco lienzo sobre el que estaba trabajando. Yo hice lo que me
había ordenado.
Pero antes del mediodía vi operarse en él un cambio que me impresionó. Los
demás ya se habían acostado. Yo estaba enfrascado en un libro, estudiando,
cuando observé que su rostro adquiría una expresión feroz, como si una bestia le
hubiera atacado y anulado todas sus facultades civilizadas, dejándole ahí,
sentado en una silla, hambriento, con los ojos vidriosos y la boca teñida de
sangre, una sangre que se deslizaba por las múltiples arruguitas del sedoso borde
de sus labios.
Él se levantó, como si estuviera drogado, y avanzó hacia mí con unos
movimientos rítmicos que yo jamás había presenciado y que me llenaron de
pavor.
El maestro alzó el dedo índice y me indicó que me acercara. Yo corrí hacia él. Me alzó del suelo con ambas manos, sujetándome los
brazos son suavidad, y sepultó el rostro en mi cuello. Sentí un escalofrío que me
recorrió todo el cuerpo, desde las puntas de los pies hasta el cuero cabelludo.
No sé dónde me arrojó. Quizá me arrojara sobre el lecho, o los cojines del
salón contiguo a la alcoba.
—Dámelo —murmuré como en un trance, y cuando el líquido llenó mi boca,
perdí el conocimiento.