—Vamos, Marius —insistí, sentándome ante su escritorio—. Háblame de esos antiguos misterios. ¿Quiénes son esos que deben ser custodiados? —Ve a excavar nuestros panteones, jovencito —respondió con tono sarcástico—. Allí hallarás las estatuas de los tiempos presuntamente paganos. Hallarás unos objetos tan útiles como «aquellos que deben ser custodiados». Déjame en paz. Alguna noche te hablaré de ello, pero de momento te explicaré sólo lo que debes saber. Supongo que en mi ausencia te dedicarías a estudiar. Dime lo que has aprendido. Marius me había pedido que leyera a Aristóteles, no en los manuscritos que eran moneda corriente en la plaza, sino en un antiguo texto que él poseía y afirmaba que estaba escrito en un griego más puro. Yo lo había leído de cabo a rabo. —Aristóteles —
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