Capítulo 29 — ISABELLA — La oscuridad de la mansión se sentía como un manto pesado, pero mi propia mente era una luz de neón encendida. No pude dormir. Me había quedado, y el peso de esa elección se posaba sobre mí, más imponente que cualquier decreto de Alexander. La pequeña maceta de terracota con el Lirio de la Paz era la única testigo de mi voto: moderación. Pero ¿cómo podía predicarme moderación el hombre que había encendido un incendio con un roce casual en el invernadero? La noche transcurrió en un análisis obsesivo. Mi vida, la que Sebastian representaba, me ofrecía la certeza de la huida. Era una vida simple, transparente en sus deseos, sin el laberinto de cláusulas y estructuras. Sin embargo, en la quietud de esta habitación, esa sencillez me parecía ahora vacía. Yo había eleg

