Capítulo 8
El amanecer entró tímido por las persianas de la habitación, y con él llegaron las voces nuevas, las enfermeras de turno matutino, el carrito de desayuno que apenas se detuvo en la puerta y el aroma agrio del café de hospital que se mezclaba con el del desinfectante. Yo llevaba tanto tiempo despierta que había olvidado cómo se sentía un día normal, uno en el que el reloj sirve para otra cosa que no sea contar respiraciones.
Mi madre abrió los ojos con esa claridad que siempre me sorprende después de una noche complicada, y me sonrió como si no acabara de salir de una cirugía. Era tan ella, incluso en la fragilidad, que me dieron ganas de llorar.
—¿Qué haces aún con esa cara de zombie? —murmuró, acariciándome la mano.
—No dormí mucho —le confesé.
Ella giró los ojos, como si quisiera regañarme, pero no tuvo tiempo. La puerta se abrió y entró el médico con la bata impecable, el estetoscopio al cuello y una carpeta en las manos. Detrás de él, dos residentes jóvenes que lo seguían como sombras. Yo me levanté de golpe, con el estómago encogido.
—Señora Torres —saludó con voz profesional—, la cirugía fue exitosa en términos generales, pero necesitamos conversar sobre los siguientes pasos.
Mi madre lo miró con serenidad. Yo, en cambio, sentí que la sangre me abandonaba las manos.
—¿Qué significa eso? —pregunté, adelantándome.
El médico me lanzó una mirada que pretendía ser tranquilizadora.
—Pudimos retirar una parte importante del tumor, pero no todo. Su localización hace que una resección completa sea demasiado riesgosa. Lo que sigue ahora es iniciar un tratamiento de quimioterapia para evitar que crezca de nuevo.
Sentí que el suelo se me movía.
—¿Quimio? —repetí, con la voz quebrada—. Pero… ¿eso significa que no se curó?
—Significa que debemos mantenernos en guardia —respondió él con calma—. Su madre es fuerte, ha respondido bien a la cirugía, y eso nos da ventaja para empezar pronto el tratamiento.
Yo apretaba los labios para no gritar. Mi madre, en cambio, asintió con una dignidad que me partió en dos.
—Lo que tenga que hacerse, doctor —dijo, como si le hubieran propuesto cambiar de peinado y no enfrentar una batalla contra el cáncer.
El médico sonrió con respeto y continuó explicando protocolos, fechas posibles, efectos secundarios. Yo apenas escuchaba, perdida entre las palabras “no se pudo retirar todo” y “quimioterapia”. Sentía que mi pecho se cerraba.
Alexander estaba en la esquina de la habitación, de pie, las manos detrás de la espalda, observando todo con ese control absoluto suyo. Yo lo odié por un segundo por estar tan entero, por no temblar como yo, por no dejar que se le notara nada.
—Entonces… ¿puede irse a casa? —pregunté con un hilo de voz.
—Sí, está estable —respondió el médico—. Con los cuidados adecuados, puede continuar la recuperación en casa hasta iniciar el tratamiento.
Mi madre me apretó la mano, y al mirarla vi en sus ojos una mezcla de cansancio y alivio.
—Quiero irme, hija. Quiero salir de este olor a hospital.
La enfermera entró con una carpeta y papeles de alta. Mientras explicaba instrucciones y horarios de medicación, yo asentía como un autómata. Por dentro, todo era ruido.
Alexander dio un paso adelante.
—Todo estará preparado en casa —dijo, con esa seguridad que me desarma—. La habitación, los cuidados, el transporte. Nada de qué preocuparse.
Yo lo miré con rabia contenida.
—No es tu madre —solté, más duro de lo que quería.
Él me sostuvo la mirada.
—No. Pero es importante para ti.
Y me dejó sin palabras.
El resto de la mañana fue una coreografía de firmas, maletas improvisadas y médicos que entraban y salían con recomendaciones. Yo ayudaba a mi madre a vestirse despacio, abrochándole el camisón como si volviera a ser niña, mientras ella bromeaba con una sonrisa cansada.
—Ni en mis mejores días pensé que me ayudarías a ponerme medias, Isa.
—Ni yo —respondí con un nudo en la garganta.
Alexander se mantuvo al margen, pero siempre cerca. Hablaba con las enfermeras, organizaba los documentos, contestaba llamadas. Lo hacía todo sin ruido, sin pedir permiso, como si fuera su deber natural. Y yo lo odiaba y lo agradecía a la vez.
Cuando finalmente salimos de la habitación, el pasillo nos recibió con su murmullo constante de pasos, voces y timbres. El olor a desinfectante me mareó. Mi madre iba en una silla de ruedas, con la piel pálida pero los ojos brillantes de ilusión por volver a ver el sol.
En el ascensor, ella lo miró con esa picardía que aún no había perdido.
—Gracias por todo, Alexander —le dijo—. Ya te lo dije, eres un buen hombre.
Él inclinó la cabeza en un gesto breve. Yo miraba el número de los pisos descender y deseaba que la tierra se abriera.
Cuando llegamos a la entrada, el coche esperaba. Un vehículo n***o, impecable, con las puertas abiertas y el chofer al volante. La gente nos miraba al pasar, y yo me sentí otra vez como una intrusa en un mundo que no era mío.
Ayudamos a mi madre a acomodarse en el asiento trasero. Yo me senté a su lado. Alexander cerró la puerta con cuidado y rodeó el auto para entrar por el otro lado. El motor arrancó suave, y el hospital quedó atrás como un sueño del que no sabía si quería despertar.
Mi madre apoyó la cabeza en mi hombro y suspiró.
—Casa —murmuró, como si esa palabra lo arreglara todo.
Yo la besé en la frente, pero mis ojos se encontraron con los de Alexander a través del reflejo del vidrio. Y en ese instante entendí que aunque el alta nos había dado un respiro, la verdadera tormenta apenas estaba comenzando.