Capítulo 32: La Cláusula de la Confianza — ISABELLA — El agarre de Alexander en mi codo era un anillo de hierro. No dolía, pero su presión era una declaración pública, brutalmente clara: yo era una posesión que se exhibía para frustrar a un rival. Sentí la vergüenza, el calor de la humillación, y canalicé toda esa energía en una furia fría. Si él quería un espectáculo de elección, yo le daría un acto de terrorismo psicológico. Caminamos por el pasillo. Su cuerpo se movía con la precisión de un depredador, y yo me obligué a igualar su paso, negándole el placer de verme arrastrada. —¿Es esa su nueva estrategia, Alexander? —pregunté, mi voz era baja, una nota de hielo—. ¿La guerra fría en el centro de la empresa? —Es la única forma de enseñarle que mi paciencia no tiene límites, y que mi

