Te quitaré todo

1853 Palabras
Había pasado una semana desde que el mundo de Nina se fragmentara en aquel pasillo oscuro. Una semana en la que Dominic se había convertido en su sombra, su enfermera y su guardián. Gracias a los cuidados casi obsesivos de él, los hematomas habían pasado a ser sombras amarillentas apenas perceptibles bajo el maquillaje, y el dolor de su fisura era ahora un recordatorio sordo, manejable. Se habían mudado al nuevo departamento y, por primera vez en años, Nina sentía que el aire que respiraba no estaba viciado. ​Eran las ocho de la mañana cuando el lujoso sedán de Dominic se detuvo en el estacionamiento privado de la empresa. El silencio en el habitáculo era cálido, cargado de esa electricidad que solo surge entre dos personas que han compartido mucho más que palabras durante siete días. ​Nina observó el perfil de Dominic, sintiendo una oleada de gratitud que le oprimió el pecho. Antes de que él apagara el motor, ella estiró la mano y cubrió la suya sobre la palanca de cambios. ​—Dom... gracias —susurró ella. ​Él se giró, observándola con esa mirada azul que siempre parecía ver a través de sus defensas. —No tienes nada que agradecer, Nina. Sabes que lo hago con el alma. ​Nina sonrió, una sonrisa pequeña y auténtica que rara vez mostraba al mundo. Se inclinó hacia él, acortando la distancia hasta que sus labios apenas se rozaban. Sus ojos se clavaron en los de él, perdiéndose en esa inmensidad. ​—Mi vida seguiría siendo tan gris sin ti —confesó ella en un aliento—. Eres todo, Dominic. Y yo soy muy afortunada. ​Dominic no respondió con palabras. En su lugar, depositó un beso en su mejilla, un roce suave, lento y deliberado que hizo que Nina cerrara los ojos y se estremeciera. Sus dedos se aferraron instintivamente al saco de cachemira de él. ​—Cielo... no hagas eso aquí —gimió ella suavemente—. Me harás desear volver a casa antes de empezar el día. ​Dominic se separó abruptamente, pero no por rechazo, sino por sorpresa. Una sonrisa ladeada y triunfal iluminó su rostro. —¿Cómo me has dicho? ​Nina se sonrojó, dándose cuenta de que el apodo se le había escapado de forma natural, sin filtros. Intentó apartar la mirada, pero él le tomó la barbilla para que lo viera. ​—Repítelo —exigió él con voz ronca—. Es el primer apodo cariñoso que me das. ​—No es cierto —protestó ella con una risita nerviosa—. Te llamo Dom. ​—Igual que Tayler —rebatió él, acercándose de nuevo—. Pero este... este es diferente. Dilo. ​Nina suspiró, rindiéndose a la intensidad de su mirada. —Cielo —repitió, y esta vez la palabra sonó como una promesa—. Ya te lo dije, eres todo, Dominic. Tan profundo y tan interminable... como el cielo mismo. Y cuando me ves así, siento que estoy flotando. Lo peor de todo es que no quiero dejar de sentirme así nunca. ​Dominic guardó silencio un segundo, visiblemente conmovido por la vulnerabilidad de la mujer frente a él. —Creo que te llevaré de vuelta a casa ahora mismo —dijo él, amagando con encender el motor. ​Nina rió y le puso una mano en el brazo. —No podemos. Hay mucho por hacer, señor Kasper. Pero... —se acercó a su oído, dejando que su aliento lo rozara— prometo que en la noche te recompensaré por tu paciencia. ​—Es una promesa —aceptó él con voz grave. ​Nina bajó del auto primero, tratando de recuperar su compostura profesional. Dominic la observó caminar hacia los elevadores y soltó un suspiro pesado. Estaba cansado de las sombras, de las miradas furtivas y de fingir que la mujer de su vida era simplemente su asistente. ​En la recepción, el bullicio habitual de la mañana cesó momentáneamente cuando Nina entró. Mayka, al verla, camino hasta ella con una sonrisa radiante. ​—¡Nina! ¡Por fin volviste! —Mayka la tomó de los hombros—. Estábamos preocupadas. El señor Kasper dijo que tuviste un accidente doméstico. ¿Estás bien? ​—Sí, Mayka, mucho mejor. Solo necesitaba unos días —respondió Nina, tratando de sonar convincente. ​—Tenemos que almorzar juntas hoy —insistió Mayka—. Hace siglos que no hablamos y tengo mil cosas que contarte. ​Nina estaba a punto de aceptar cuando sintió una presencia poderosa a sus espaldas. No necesitó girarse para saber que era él; el aire parecía cambiar de densidad cuando Dominic estaba cerca. Mayka lo vio primero y se enderezó de inmediato, recuperando su tono formal. ​—Buen día, señor Kasper —saludó Mayka con una inclinación de cabeza. ​—Buen día, señorita García —respondió él con voz firme. ​Nina giró el rostro, preparada para darle un saludo profesional, pero Dominic no siguió el guion. Antes de que ella pudiera articular palabra, él colocó una mano firme en su cintura, la atrajo hacia sí y la besó frente a todos los presentes. No fue un beso casto; fue un beso posesivo, cargado de la misma intensidad que habían compartido en el auto. ​El vestíbulo quedó en un silencio sepulcral. Se oyeron murmullos ahogados y el sonido de algún teléfono cayendo. Nina se tensó, con el corazón martilleando contra sus costillas. ​—¿Qué haces? —susurró ella contra sus labios, paralizada por la sorpresa. ​—No puedes decirme algo así en el auto y esperar que siga fingiendo, ojitos lindos—respondió él, sin soltarla, su voz lo suficientemente baja solo para ella pero con una determinación feroz—. Se acabó eso, Nina. No más secretos en esta oficina. ​Ella intentó protestar, sus ojos recorriendo la recepción donde Mayka estaba en completo shock, pero Dominic volvió a unir sus labios. ​—Si no respondes al beso, no voy a soltarte —le advirtió él sobre su boca—. Y sabes que soy capaz de quedarme aquí toda la mañana. ​Nina suspiró, derrotada por la audacia de su jefe. Devolvió el beso, corto pero lo suficientemente profundo para confirmar ante todo el edificio lo que muchos sospechaban. Cuando se separaron, Nina estaba sonrojada hasta la raíz del cabello. ​Dominic, con una sonrisa de absoluta satisfacción, tomó la mano de Nina y miró a Mayka. —Ella la buscará para el almuerzo, señorita García. Con permiso. ​Caminaron hacia el elevador privado bajo la mirada atónita de empleados y guardias. Una vez que las puertas se cerraron, Nina estalló. ​—¡Dominic! ¿Estás loco? ¡Ahora todo el mundo lo sabe! ​—Nina, ya todos sospechaban —dijo él, recostándose contra la pared del elevador con una calma exasperante. ​—¡No es cierto! Éramos cuidadosos. ​Dominic soltó una risa suave, sacó su teléfono, marcó a su secretaria por el altavoz. —Emma, dime... ¿cuál es el chisme de pasillo más grande en la empresa estas últimas semanas? ​La voz de Emma salió clara y sin dudar: —La relación entre usted y la señorita Valenti, señor. Hay apuestas sobre cuándo lo harían oficial. ​Dominic miró a Nina con una ceja levantada. —Gracias, Emma. ​—¡Le pediste que dijera eso! —acusó Nina cuando colgó. ​—Por supuesto que no. Yo sería incapaz de manipular a mi secretaria —bromeó él, acortando la distancia entre ambos—. Ahora, ¿dónde nos quedamos? ​El beso subió rápidamente de nivel, las manos de Dominic bajando hacia sus caderas mientras el elevador llegaba al piso presidencial. La tensión acumulada de una semana de abstinencia amenazaba con desbordarse allí mismo, hasta que móvil de Dominic sonó de nuevo. ​—Señor Kasper, la junta está lista en la sala B. Los directivos lo esperan. ​Dominic soltó un gruñido de frustración y dejó un último beso castigador en los labios de Nina. —Tengo que irme. No te muevas de aquí. ​Nina fue a su oficina, tratando de concentrarse en los informes, pero su mente seguía en el vestíbulo. Sin embargo, la burbuja de felicidad se reventó cuando la puerta de su despacho se abrió de golpe. No era Dominic. ​Oliver Kasper entró, cerrando la puerta con una violencia que hizo vibrar los cuadros. Su rostro era una máscara de desprecio. ​—Así que es cierto —escupió Oliver—. El espectáculo en la recepción ha sido el tema de conversación en el club antes de que llegara mi café. Eres más rápida de lo que pensaba, Nina. ​—Oliver, no estoy de humor para tus visitas —respondió ella, levantándose de su silla—. Vete. ​—Me iré cuando termines con este circo —Oliver se acercó, apoyando las manos en su escritorio—. Te ofrecí dinero por tus "servicios" de aquella noche, pero veo que aspiras a más. Te daré los 50,000 dólares ahora mismo si firmas tu renuncia y desapareces de la vida de mi hijo. No permitiré que una mujer de tu calaña manche el apellido Kasper. ​Nina sintió una náusea profunda, pero luego, algo dentro de ella se endureció. Recordó los golpes, recordó la frialdad de los hombres que él envió. El miedo se transformó en un odio gélido y afilado. ​—Ya no quiero tu dinero, Oliver —dijo ella, rodeando el escritorio para quedar frente a él. Sus ojos brillaban con una luz peligrosa—. ¿Por qué querría conformarme con unos miserables 50,000 dólares cuando tengo en mis manos a tu heredero? ​Oliver palideció, la rabia transformando sus facciones. —¿De qué hablas? ​—Hablo de que Dominic me ama. Me escucha. Me da todo lo que le pido —Nina dio un paso más, disfrutando de la flaqueza en la mirada del hombre—. No necesito tus migajas. Me quedaré con todo. Con su fortuna, con su apellido y, sobre todo, con el control que tú tanto ansías y que él te está quitando día tras día. ​—Eres una puta —rugió Oliver, levantando la mano como si fuera a golpearla. ​Nina no retrocedió. Sonrió, una sonrisa lenta y cruel que nunca le había mostrado a Dominic. —Tal vez lo sea, Oliver. Pero soy la puta que te va a dejar sin nada. Ahora, sal de mi oficina antes de que llame a tu hijo y le cuente lo mucho que me estás molestando. ¿O quieres ver cómo reacciona él cuando sepa que estás tratando de comprar mi partida? ​Oliver salió de la oficina echando chispas por los ojos, pero Nina se quedó temblando ligeramente. Había cruzado el punto de no retorno. La guerra ya no era solo por justicia; ahora era una lucha de supervivencia, y acababa de usar a Dominic como su escudo más potente.
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