El motor del deportivo de Dominic rugía con suavidad mientras se alejaban de la zona de rascacielos y cristales espejados. Nina observaba por la ventana cómo el paisaje cambiaba; las tiendas de diseñador daban paso a fachadas de ladrillo visto, grafitis con historia y calles que conservaban la dureza de la vida real. Dominic conducía en silencio, con una mano firme en el volante y la otra entrelazada con la de ella, apretándola de vez en cuando como si quisiera recordarle que no se iría a ningún lado. —¿A dónde vamos, Dom? Me intriga mucho que tomes esta zona —cuestionó Nina mientras buscaba en su rostro algún indicio. —Ya lo verás, no seas impaciente —le dijo él con voz dulce. Nina sonrió y volvió a fijar la vista en la ventana mientras sentía la presión del agarre de Dominic en su

