Dos horas han pasado rápidamente, el clima se había tornado inestable y la lluvia había llegado. El sonido de las gotas de lluvia golpeaba contra las ventanas del sanatorio, un eco constante que parecía reflejar la confusión en el corazón de Eda. Había estado esperando a Christopher durante esas dos horas, pero las mismas fueron pasando. Sabía que podía haber habido un inconveniente. El reloj marcaba ya las cinco de la tarde cuando, cansada de esperar, encendió el televisor de la pequeña habitación. La imagen que apareció en la pantalla la dejó helada. Christopher estaba sentado en un elegante restaurante, con Patricia. La cámara había capturado perfectamente el momento en que Christopher le sostenía la mano, un gesto casual que en las revistas de farándula se transformaba en la prueba de

