Cuando desperté, el dolor era lo primero que sentí, y al abrir los ojos, me encontré en la clínica, con mis papás a mi lado. Mi cuerpo aún estaba débil, pero el odio y la confusión me dieron fuerzas para reaccionar. Miré a mi madre, que estaba sentada cerca de mí, y la rabia que sentía por ella me quemó por dentro. —¡Lárgate! —le grité con todas mis fuerzas, la voz rasposa de tanto gritar—. ¡Lárgate de aquí! Mi madre se quedó paralizada, con los ojos llenos de culpa y tristeza, pero no me importaba. Todo lo que había descubierto me había destrozado. ¿Cómo podía ella haberme mentido así? Mi papá intentó calmarme, su voz temblaba de preocupación. —Mía, por favor, tranquila... —dijo con suavidad, pero no pude soportarlo. No podía escuchar esas palabras ahora, no con todo lo que había suce

