Al abrir la puerta y entrar se dio cuenta de que el hombre tenía una radio encendida reproduciendo sonidos de Fénix llorando y hasta de un arma automática siendo accionada, mientras sostenía a la pequeña en los brazos con una expresión de maldad. —Hola, Maya, siento mucho haberte asustado… es que a Fénix le gustan los sonidos de su propio llanto y la de las armas… ¡Las adora! —exclamó con una sonrisa siniestra. Al ver su rostro, Maya sintió que las piernas le temblaban, no se podía sostener, por eso caminó casi a rastra hasta la cama mientras le pedía a la niña. —Por favor Andrade, dame a la niña —dijo en tono suplicante. —¿Qué pasa cielo? ¿Estás asustada? ¿No me digas que crees que soy capaz de hacerle daño a nuestra hija? —pronunció. De pronto Andrade tomó a la pequeña Fénix y la l

